Freud | Sobre la Guerra y la Muerte

La guerra, en la que no quisimos creer, ha estallado ahora y trajo consigo… la desilusión.

Sigmund Freud, ‘De Guerra y Muerte’ (1915)

La guerra, en la que no quisimos creer, ha estallado ahora y trajo consigo… la desilusión.

Sigmund Freud, ‘De Guerra y Muerte’ (1915)

Por razones que ahora no vienen a cuento, he tenido muy presente el tema de la guerra y sus motivos. El próximo 15 de agosto se cumplen setenta años de la rendición de Japón. A esta conmemoración acompañan los aniversarios de los bombardeos atómicos en Hiroshima y Nagasaki y no falta quien también recuerda otras atrocidades ocurridas en los largos años que duró lo que hoy conocemos como la Segunda Guerra Mundial: desde el Solución Final hasta la masacre de Nanking; desde el desembarco en Normandía hasta la toma de Iwo Jima y Okinawa. Justificaciones aparte, todos esos episodios fueron muestra de que el impulso para la guerra no terminó con la firma del Tratado de Versalles.

Freud creía que la guerra es producto de un impulso humano, enraizado en lo más profundo de lo inconsciente. Quizá parezca obvio decirlo ahora, pero a principios del siglo XX, cuando recién estallaba la Primera Guerra Mundial, muchos humanistas todavía miraban al futuro con esperanza. La ciencia y las artes habían alcanzado niveles nunca vistos. En lo que concernía a los países occidentales, ser humano era motivo de orgullo y nunca se había estado más cerca de erradicar la irracionalidad.

En realidad pasó algo peor: el avance tecnológico permitió que los mecanismos de la guerra se volvieran más eficientes para matar y destruir. Los argumentos provenientes de las ciencias de lo humano se usaron para desconocer al otro, en vez de para descubrirlo; para reducirlo, aunque sólo fuera en la imaginación, a la categoría de animales. Las propias causas se promovieron como las únicas justas, las únicas verdaderamente humanas. Los Estados exigieron obediencia y sacrificio extremos a sus pueblos, pero casi nunca fueron capaces de corresponderlos ni resarcirlos. A los individuos sólo quedó, cuando algo quedó, el placer de aplaudir patrióticamente.

La conciencia moral no es del todo insobornable, porque en el fondo no es otra cosa que angustia social. Si no hay reproche, si todo mundo lo hace; si, después de todo, así somos, cualquier crueldad deja de ser incompatible con nosotros.

Nada que lamentar, dice Freud; porque en resumidas cuentas, la desilusión es el reflejo de las ilusiones rotas. Es producto de nuestro propio engaño.

¿En qué consistió el engaño? En creer que nuestros impulsos más básicos han sido superados. En obviar los motivos que están detrás de lo que hacemos. Un individuo empieza siendo un niño y a medida que crece, se vuelve un hombre. De igual manera, una aldea se vuelve ciudad y una ciudad, imperio. El niño y la aldea no desaparecen; siguen ahí, ocultos. Sus odios y sus prejuicios más básicos, también.

La guerra, que trae consigo muerte, es por entero impensable. En el fondo de lo inconsciente nos sabemos inmortales. Digo que nos sabemos y no que nos creemos, porque en lo inconsciente no hay lugar para las dudas. No hay manera de pensar en un mundo sin nosotros mismos. La muerte nos es tan extraña que, ante el inevitable acontecimiento del fallecimiento de alguien conocido, muchos no pueden sino suspender el juicio crítico y perdonarle todas sus fallas. Y peor aún, cuando el muerto es alguien cercano, el golpe es tan fuerte que parece que con él muere una parte nuestra. Es, ante el cadáver de un ser amado, que nació la fe en los espíritus, la inmortalidad y el mandamiento que reza no matarás. En el carácter imperativo de este último, Freud percibió un anhelo escondido: el deseo de matar. Un deseo tan fuerte y tan arraigado, que es imprescindible que se prohíba con igual vehemencia. En lo inconsciente, todos somos asesinos. Que la Segunda Guerra Mundial, pese a todos sus horrores, no haya sido la última, es una prueba de ello.

La guerra extrae ese deseo asesino y lo libera de toda represión. Provee justificaciones e incluso lo estimula. Sin embargo, advierte Freud, la guerra es un lujo que, psicológicamente, no podemos darnos. Así como en lo inconsciente llevamos el deseo de hacer correr la sangre del enemigo, también somos incapaces para sabernos muertos y, por lo tanto, tenemos fe ciega en nuestra propia inmortalidad.

En el fondo, creemos que la propia muerte no es más que una ilusión. Pero, a diferencia de lo que ocurre con otras ilusiones, la vida no nos alcanza para ver cómo ésta se rompe.

4 comentarios en “Freud | Sobre la Guerra y la Muerte”

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