Butler | El género en disputa

El feminismo representa, en primer lugar, a las mujeres. Pero, ¿quiénes son las mujeres? ¿Cuáles son las cualidades que las distinguen de otros…? ¿Sexos? ¿Géneros?

En su libro El género en disputa (1990), Judith Butler cuestiona la categoría misma de género para tratar de dilucidar a partir de dónde la imposición de dicha categoría sitúa a cada uno en lugares distintos en el marco social. En otras palabras, dónde y cómo se define lo masculino y lo femenino y, por lo tanto, cuáles son los roles a los que pueden (y deberían) aspirar, según esa lógica.

Las razones por las que Butler cuestiona la categoría de género más que las condiciones de desigualdad se basan en desmontar la falacia de que el género (femenino, masculino) deviene “naturalmente” del sexo (mujer, hombre). El género, argumenta, “no siempre se constituye de forma coherente o consistente en contextos históricos distintos, y porque se entrecruza con modalidades raciales, de clase, étnicas, sexuales y regionales de identidades discursivamente constituidas” (p. 49). Butler observa, sin embargo, que en buena parte del discurso feminista la única cualidad compartida por todo el conjunto representado por lo femenino es la opresión; lo que implica admitir tácitamente que esa opresión es omnipresente y que su agente es, por oposición lo masculino.

Butler arguye que, en su afán por demostrar la omnipresencia de ese sistema patriarcal de opresión, el feminismo tiende a apropiarse discursivamente de otros contextos y agentes, siguiendo, en el fondo, la misma lógica que el sistema al que se opone. Para ella, la omnipresencia del patriarcado no es evidente, pues las relaciones de dominación no se establecen únicamente en esa clave: raza, etnia, clase social, etcétera, se contraponen y combinan para configurar distintas relaciones de poder y dichas combinaciones tienden a variar significativamente.

No obstante, no puede decirse que la categoría de ‘género’ no configure relaciones de dominación que se expresan, si bien de distinta manera, a lo largo de diversas culturas. Así, para muchos, la relación causal entre sexo y género es indisputable en tanto que uno es el representante cultural de lo biológico. Butler, sin embargo, no está convencida y se pregunta: ¿dónde reside la ‘sustancia’ del ‘género’?

Algunos autores han teorizado el género como parte estructural de la identidad. La identidad, entendida como el núcleo de la personalidad, sería aquello que confiere coherencia y continuidad a un individuo dado. Butler se pregunta si más que ‘un aspecto descriptivo de la experiencia’ la identidad no constituye otro ideal normativo determinado por un sistema de dominación preestablecido, que exige que cada individuo pertenezca a categorías sociales inteligibles. La inteligibilidad, esencial para el establecimiento de las posiciones en el entramado social, depende de categorías como ‘género’, ‘sujeto’, ‘individuo’, ‘yo’, que lo mismo sirven a la inclusión que a la exclusión. Si se acepta que, en general, los únicos géneros inteligibles son masculino y femenino, entre ambos es necesaria una directriz que los distinga claramente y, al mismo tiempo, los vincule. El mandato de la heterosexualidad, que Butler intuye como naturalizado más que como natural, sería la regla fundamental que antecede a todas las otras, incluyendo la prohibición del incesto, que Freud desarrolló en su teoría sobre el desarrollo psicológico-cultural. Es decir, para Butler, ser de un género es un efecto de diversas prohibiciones superpuestas cuyo fin es la inteligibilidad y la categorización que luego serán usadas para configurar un sistema de opresión.

Pero, ¿cómo se produce ese mandato de la heterosexualidad?

La heterosexualidad es, en primer lugar, una configuración del deseo y, para analizarla, Butler se vale de la teoría psicoanalítica de Jacques Lacan. Dicha teoría establece que la inteligibilidad cultural se basa en “las posiciones recíprocamente excluyentes de tener (la posición de los hombres) y ser el Falo (la posición paradójica de las mujeres)” (p. 116). En ese entramado, el Falo es el objeto e instrumento mediante el que se impone la Ley, por lo que su posesión refleja el poder y el sentido mismo de la masculinidad. Por eso se le desea. Ser el Falo, en cambio, es una posición insatisfactoria porque sólo sirve como reflejo del deseo masculino y no tiene (o no puede expresar) su propio deseo.

Renunciar al deseo, sin embargo, no significa que éste no exista. Dicha renuncia se concreta, de acuerdo con su análisis, mediante un proceso de aceptación de la pérdida para incorporarla imaginariamente mediante la identificación. Esta identificación, Butler nos recuerda, “no es meramente transitoria o esporádica, sino que se transforma en una nueva estructura de identidad” (p. 138) de tal manera que el yo, como estructura psíquica, se presenta como un historial detallado de deseos abandonados e introyectados. Butler observa que, puesto así, este proceso es determinante en la configuración del género cuando se le contrasta con el tabú del incesto. Esta prohibición obliga a renunciar al objeto de deseo (la figura materna), pero no así la modalidad del deseo, que sigue siendo heterosexual, en el caso de los varones. Esta prohibición se expresa del mismo modo que un duelo. En el de las mujeres, en cambio, la prohibición del incesto lleva consigo una prohibición de la homosexualidad: se niega tanto el objeto como el deseo y se expresa mediante el mecanismo de la melancolía. Nada impide suponer, sin embargo, que esa doble prohibición ocurre también en el varón, en una instancia anterior al complejo de Edipo y al tabú del incesto; como un tabú de la homosexualidad que les orienta a enfrentar el proceso edípico en direcciones ya establecidas. Así, observa Butler, la identificación con el deseo (seguido de cerca por las disposiciones correspondientes a cada género), surge como resultado de una prohibición que “castiga y reglamenta la identidad de género diferenciada y la ley del deseo heterosexual” (p. 147). Al seguir los mismos mecanismos del duelo y la melancolía, dichas disposiciones no pueden considerarse otra cosa que efectos de las prohibiciones impuestas en una larga historia que culmina con el drama edípico. En el varón, razona Butler, la prohibición de la homosexualidad (representada en el miedo a la castración o, lo que es lo mismo en estos términos: a la feminización) puede tornarse en una exageración de la masculinidad para la que lo femenino es impensable e innombrable.

En psicoanálisis, la represión crea lo inconsciente mediante su desesperado intento por dominar el deseo. Su fracaso los multiplica y diversifica. Con el género, señala Butler, ocurre lo mismo: al limitar tanto su identidad como su orientación, crea disposiciones sexuales no uniformes. Así, el tabú del incesto, como agente de ese mecanismo “no reprimiría ninguna disposición primaria, sino que distinguiría entre primarias y secundarias para explicar y volver a establecer la distinción entre una heterosexualidad legítima y una homosexualidad ilegítima” (p. 162). Butler indica que tanto Freud como otros autores se esforzaron en describir la sexualidad anterior a la imposición de la Ley, pero fue Foucault quien concluyó que la sexualidad no antecede a la prohibición, sino que es creada por ella: tanto la norma como la transgresión son sus productos. En otras palabras, tanto el deseo heterosexual como el homosexual son, en primer lugar, inteligibles, pero el último se transforma en ininteligible (mediante la cultura), para crear artificiosamente la hetero-normatividad.

Butler cree que la identidad no es indispensable para que la acción liberalizadora ocurra, pues la identidad en sí es imposible de determinar; obedece a su propio principio de incertidumbre. Si bien, tanto la “cultura” como el “discurso” intentan atrapar al sujeto en la intelegibilidad, esto sólo ocurre en un momento determinado, pero se escurre después en el movimiento perpetuo. Butler advierte que “cumplir las exigencias de una identidad sustantiva es una dura tarea, porque esas apariencias son identidades creadas mediante normas, y dependen de la invocación constante y reiterada de reglas que determinan y limitan prácticas de identidad culturalmente inteligibles” (p. 281) y concluye que “la principal tarea del feminismo no es crear un punto de vista externo a las identidades construidas; esto equivaldría a la construcción de un modelo epistemológico que deje de aceptar su propia posición cultural y, por lo tanto, se promueva como un sujeto global, posición que usa precisamente las estrategias imperialistas que el feminismo debería criticar. La principal tarea más bien radica en localizar las estrategias de repetición subversiva que posibilitan esas construcciones, confirmar las opciones locales de intervención mediante la participación en esas prácticas de repetición que forman la identidad y, por consiguiente, presentan la posibilidad inherente de refutarlas” (p. 286).

*Butler, Judith. El género en disputa. El feminismo y la subversión de la identidad. Traducido por María Antonia Muñoz. Barcelona: Paidós, [1990] 2007.

1 comentario en “Butler | El género en disputa”

  1. Me gusta mucho tu prosa, está llena de tecnicismos, pero sigue siendo amena, me gusta tu uso del lenguaje. El primer artículo que leí tuyo era sobre un animé, pero te centrabas en los personajes, profundizabas en sus caracteres, pero lo que más me llamó la atención es que mencionaste cuestiones de equidad de género… ¡Vaya! ¡Qué nunca me había topado con algo así! Me parece una mezcla interesante: tu léxico y redacción con animé (ya sabes las etiquetas “otaku igual a inmaduro y tonto”) yo soy maestra de Español y Lolita, quizá por eso me sentí muy identificada, gracias por tus textos, los disfruto mucho.

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