La resurrección de los cangrejos: apuntes sobre la mexicanidad en el extranjero

cangrejos

Por razones que no vienen a cuento, he estado pensando en los límites de la identidad. Y es que uno es muchas cosas al mismo tiempo y no siempre es fácil distinguir el lugar en el que se trazan los límites. La anécdota que estoy por relatar es, quizá, uno de esos ejemplos en los que esos límites de los que hablo son tan claramente visibles que no es posible abstraerse de su manifestación. Me refiero a ‘ser mexicano’.

Como recordarán, estoy en Japón. No ha sido mucho tiempo, pero estar lejos de mi puesto de tamales de los domingos, las contingencias ambientales, las manifestaciones en Reforma y mi local de quesadillas y gorditas de chicharrón favorito me convierte en presa fácil de casi cualquier cosa que prometa un vínculo con mi hogar. Con esto en mente, cierto día de mayo salí de mi ciudad para ir a Tokio. La ocasión era un festival en el que, entre otras cosas, habría comida mexicana y, en la noche, un mini concierto de Moderatto, completamente gratis.

Ya en el lugar, era inevitable que nos encontráramos con otra gente conocida y fue momento de ponerse al día. Uno de ellos nos contó que hizo su celebración de cumpleaños en un restaurante de comida mexicana. Fue un poco caro, confesó, Como todos sabemos, conseguir comida que se parezca lo bastante a la mexicana no es cosa fácil acá.

Estábamos en eso cuando se acercó una señora. Era la primera vez que yo la veía, pero, al parecer, es bastante conocida entre los mexicanos expatriados. Tiene cerca de treinta años viviendo en Japón y aparentemente está casada con un japonés, pero no parece hablar el idioma. Es propietaria de un restaurante de comida mexicana. Venía preparada para aprovechar la ocasión de impulsar su negocio; nos repartió algunos volantes de su local e incluso ofreció darnos algún descuento que no especificó. No sé de qué parte de México proviene, pero su acento me indica que de algún lugar del norte.

Como para abrir conversación, el chico le relató nuevamente lo de su cumpleaños: “¡Ay, de haber sabido!”, se lamentó él, quién sabe con qué grado de sinceridad. “No, no te preocupes”, lo consoló ella, “yo conozco bien al dueño de ese restaurante, nos llevamos así, de piquete de ombligo”. A esto siguió un discurso que he oído muchas veces, en otros contextos: “los mexicanos no debemos competir entre nosotros, sino apoyarnos todos porque, desde luego, estamos en una tierra muy lejana y qué mejor familia que nosotros, que compartimos raíces”. Todos asentimos, pero dudo mucho que hayamos estado de acuerdo.

Lo que siguió, sin embargo, fue revelador; ella volvió al tema del restaurante en el que el chico aquel celebró su cumpleaños. Le preguntó que qué tal había estado. “Un poco caro”, dijo él, “pero creo que el lugar tiene buena calidad”. “No es por hablar mal de nadie, ¿eh?”, dijo ella. “Pero si tú me hablas de calidad, ése restaurante no tiene mucha calidad”. Entonces explicó que el restaurante famoso no era, realmente, muy higiénico. “Cualquier día tú te metes en mi cocina y no ves nada sucio, todo bien ordenadito. Ahí está muy sucio. Pero claro, es que sus cocineros no saben, no son mexicanos, este muchacho metió a muchos peruanos”. Hasta ese momento yo ignoraba que los mexicanos teníamos fama de pulcritud, siempre que se nos comparara con peruanos.

Para entonces, el recién cumpleañero ya se sentía un poco ofendido: la mujer no sólo estaba criticando su selección de lugar para su festejo, sino que encima le hacía ver que había sido estafado por unos peruanos imitadores y, además, cochinos.

Por mi parte, debo confesar que estaba disfrutando mucho la escena. Aunque tengo la intención de visitar su restaurante algún día, la señora me cayó mal. Mejor dicho, en México me habría caído mal. La suya era una estrategia de mercadeo que, por un momento, revivió en mi mente a los proverbiales cangrejos de Hugo Sánchez. Creo que ninguno de nosotros es ajeno a ese doble discurso: entre mexicanos debemos apoyarnos, pero el que no tranza no avanza; unidos somos más, pero que chingue a su madre el América; ¡vamos, México!, pero si se va a hacer la voluntad de Dios, que sea en las mulas de mi compadre; etcétera. Así, pues, la señora en cuestión estaba escenificando uno de los rasgos más mexicanos que se me pueden ocurrir (pese a que quizá no nos sea exclusivo) y todo en cosa de unos minutos. Como si tres décadas en Japón le hubiesen hecho lo que el viento a Juárez.

Lo que finalmente me llevó a pensar esto: ante el constante riesgo de ser absorbida por una sociedad que no es la suya, no es impensable que una persona opte, inconscientemente, por endurecer los rasgos de su personalidad que se trajo en la maleta. No es que yo esté de acuerdo, pero así, por lo menos, puede tener constancia de que ella sigue siendo ella misma y sigue viniendo de donde viene. Estoy especulando, desde luego. No obstante, creo que, si ustedes hubiesen visto lo prístino de su mexicanidad, estarían de acuerdo conmigo.

[La imagen que decora esta entrada la robé (cómo no), del blog de Olga Padilla. No la conozco, pero espero que no le moleste el atrevimiento.]

Un comentario en “La resurrección de los cangrejos: apuntes sobre la mexicanidad en el extranjero”

  1. Hola.

    Yo no he tenido oportunidad de viajar al extranjero, pero mi instinto me dice que no estás del todo alejado de la realidad con tu especulación. Al verse lejos de su ambiente, quizá endureció los rasgos más básicos/agresivos de su “identidad”. Según tengo entendido, eso pasa (o se asume que pasa) por ejemplo con muchos musulmanes-europeos de 2da (o más) generación. en lugar de aplicar “A donde fueres haz lo que vieres” ocurre excatamente lo contrario.

    Curioso.

    Interesante escrito, gracias por compartirlo 🙂

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