El bello Japón y yo

En primavera, flores de cerezo; en verano, el cuclillo.
En otoño la luna y en invierno, la nieve clara, fría.

-Dogen

Llegué hace un año. Todavía se sentía el calor del verano, pero las hojas de los árboles empezaban a dejar el verde para tornarse amarillas o rojizas. Entre sus ramas podían verse magníficas telarañas.

Tsukuba, la ciudad en que viví todo este tiempo, está en la prefectura de Ibaraki, en la parte norte de la llanura de Kanto. A sesenta kilómetros se encuentra Tokio, la gran metrópoli. La línea de tren que nos conecta debe atravesar terrenos de dos prefecturas más —Saitama y Chiba— antes de llegar aquí. Es una ciudad tranquila y reciente, pero típicamente japonesa. Es limpia, ordenada y comprensible. Aunque hay muchos de esos edificios modernos, prefabricados e uniformes que se ven en casi todos lados, si uno camina un poco más se encuentra con casas de madera rodeadas de campos de arroz y pequeñas arboledas. En esta ciudad sopla un viento constante que viene desde la cumbre de monte Tsukuba y alivia un poco el sopor del verano, pero cala los huesos en invierno.

Costó trabajo adaptarme. Mi habitación era pequeña y el edificio viejo y sucio. El cielo sabe que no soy la persona más cuidadosa con el orden y la limpieza, pero encontrar una cucaracha muerta entre mi ropa recién lavada fue mucho más allá de cualquiera de mis expectativas.

Me reencontré con la bicicleta. Años habían pasado desde la última vez que montaba una, pero es verdad que la técnica es difícil de olvidar. No bien pude montarla otra vez, ya me había comprometido a viajar en ella al pueblo más cercano, Tsuchiura, para presenciar una competencia de fuegos artificiales. No hice sino retrasar a la comitiva, pero fueron lo bastante amables como para no burlarse de mi técnica oxidada y mis piernas débiles.

El espectáculo aquel día fue maravilloso. El cielo se llenó de luces que danzaban al ritmo de una música cuidadosamente seleccionada, aunque opacada de tanto en tanto por el ruido de las explosiones. Hombres y mujeres, muchos engalanados con yukata, miraban al cielo impresionados. Otros, aficionados a la fotografía, se empeñaron en lograr las mejores tomas. Todo el lugar olía a comida y estaba inundado de risas y murmullos alegres. Quizá fue el primer momento en que fui consciente de que pasaría un año aquí; que esta sería mi casa un tiempo.

Habitar un lugar es vérselas con lo cotidiano. Levantarse, asearse, preparar un desayuno y salir a hacer cualquiera que sea la cosa que justifica esa misma cotidianeidad. Ganarse la vida, como nos gusta decir. En mi caso, hace algunos años que mi actividad principal se ha centrado en estudiar. Antes fue psicología y psicoanálisis; ahora es Japón y los vericuetos de su lengua, historia y cultura.

Ir a la universidad todos los días y estudiar una lengua con compañeros de todo el mundo me hace pensar en lo hermosa que es la diversidad humana y lo improbable que es que lleguemos a entendernos del todo. Para todos mis compañeros el japonés es una lengua extraña y el único terreno común —el inglés—, no lo era menos. Quizá por eso la tendencia general fue siempre buscar refugio entre quienes hablaban nuestra lengua natural, como si se tratara de una misma madre que nos cobijara a todos.

Este es un país lleno de gente y, sin embargo, es también muy solitario. Quizá como turista no se siente tanto: todo es tan nuevo y brilla tanto que no puede sino alborozar los sentidos. Pero andar solo en el anonimato de Tokio, rodeado por taciturnos oficinistas concentrados en las pequeñas pantallas de sus celulares puede ser desolador.

En el imponente cruce de Shibuya o a través de las calles centrales de Akihabara, Ginza o Shinjuku, las luces brillantes y los coloridos anuncios crean la impresión de estar siempre ante un mundo recién descubierto. Debajo de todo eso, sin embargo, están los mismos edificios de siempre, uniformes y monótonos, tan parecidos entre sí que si se los despojara de sus atuendos deslumbrantes nos encontraríamos extraviados como en un bosque oscuro. La ciudad siempre cambia y siempre es la misma.

Quizá sea esa la razón por la que mi corazón prefiere visitar los lugares sagrados. Hechos todos de madera y papel, una gran parte de ellos ha sucumbido al fuego, a la guerra o al tronar de la tierra sólo para volver a levantarse y seguir atestiguando el devenir de esta gente fascinante. Aunque están dedicados a lo divino, a mí suele interesarme más lo que develan de lo humano. Ver, por ejemplo, el pequeño templo al que Yoshimasa dedicó sus mejores energías, con su balcón que da la espalda a la ciudad en llamas, me recuerda que el más poderoso de los hombres no suele ser el más generoso, pero también que del árbol del egoísmo a veces nacen frutos preciosos que lo trascienden.

Para mí el Domo de la Bomba Atómica de Hiroshima también es un lugar sagrado. Fue testigo de un horror que la humanidad nunca antes había visto, pero sí imaginado, planeado y desarrollado. Me recuerda que en el mundo hay mucha gente que cree que tiene derecho de pasar por encima de la vida de los demás, pero también que la vida sabe cómo imponerse a la catástrofe. A su alrededor el río vuelve a correr, los árboles han vuelto a crecer y la gente se reúne en la rivera para mirar los cerezos florecer. No lejos de ahí, en los campos que fueron del viejo castillo feudal, hay dos árboles que sobrevivieron y todavía hoy reverdecen. Nuestra mente de metal y engranes no les robó un ápice de su impulso vital.

Esta tierra está llena de historias y yo soy de esos a quienes les gusta sentarse junto al fuego para escucharlas: el relato del hombre que año tras año ve caer los pétalos de cerezo y los copos de nieve mientras piensa en un amor que le fue robado en la infancia; el cuento del poderoso líder guerrero que incendió una montaña para ganar una guerra y luego perdió la vida rodeado de llamas avivadas por un traidor; la historia del hombre que prefirió destruir a un amigo antes que ceder lo que creía suyo y pagó con remordimientos su vida entera; la del chico abusivo que buscó redimirse aprendiendo a hablar el lenguaje silencioso de quien había sido su víctima… Todas ellas esconden secretos que siempre intento desentrañar, no sólo por lo que me dicen de ellos, sino por lo que me enseñan sobre mí mismo.

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No sé mucho del mundo y aprendo despacio. Japón ha sido un maestro paciente y, por eso, siempre le estaré profundamente agradecido.

3 comentarios en “El bello Japón y yo”

  1. Cada vez que leo este tipo de cosas más ganas me dan de conocer Japón, visitar sus sitios turísticos, pero también perderme un poco en sus calles para descubrir algo que no todos ven. Me gusta mucho tu forma de relatar, hace un tiempo que te leo y es algo muy tuyo, tu estilo si lo quieres ver así. Excelentes fotos por cierto.

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