La culpa es del neoliberalismo

Cada vez son más las voces que lo señalan: la ideología que subyace en el fondo de nuestro sistema económico es la fuente de todos nuestros males. A ella debemos la siempre acechante crisis económica, el cada vez más acelerado calentamiento global, las más recientes guerras y, para George Monbiot, también es la fuente última de nuestra generalizada crisis de salud mental.

El neoliberalismo es una ideología que valora al individuo muy por encima de la comunidad: insiste en que seamos dueños de nosotros mismos, que persigamos nuestros sueños y metas sin importar qué (o quién) se nos ponga en frente. Expresiones de la psicología popular como aquella de que ‘el Universo conspira a tu favor‘ o ‘el Poder del Pensamiento Positivo‘ contribuyen a esta ideología dando a entender a sus numerosos seguidores que sus deseos pueden estar por encima de los de otros y que eso está bien.

El mito que fundamenta al menos una parte de este sistema es el siguiente: si tú te levantas temprano todos los días y trabajas muy duro, aunque seas pobre puedes llegar a ser rico. Con el tiempo podrás comprar tu propia casa, que luego será patrimonio de tus hijos, y gozarás de un retiro cómodo que será tu recompensa final. Mi madre solía decir que nuestra única obligación (de mi hermano y mía) era estudiar porque ahí estaba la vacuna para todas las frustraciones. La opinión más extendida era que uno no era nadie si no podía ser llamado licenciado sin sentir vergüenza y que ése solo título traía consigo honor y gloria a quien lo ostentase. Obtener esos títulos, desde luego, se sigue considerando como una especie de proeza que, como la de todo héroe, se hace en solitario; sudando sangre y bebiendo lágrimas.

La realidad, no obstante, cada vez nos muestra que las cosas no funcionan así. Se dice que la nuestra es la generación mejor educada de la historia y la peor pagada. Y si eso no bastara, la competencia es cada vez más dura: los continuos avances tecnológicos hacen obsoletas muchas de las cosas que hacíamos a un ritmo nunca antes visto y las generaciones que nos siguen siempre estarán a la vanguardia. Cada vez somos menos los que deseamos procrear y aunque nos decimos que es porque no queremos lanzar a un mundo tan hostil a criaturas tan indefensas, quizá sea un inconsciente mecanismo de defensa: así reducimos a la competencia.

Nuestros sueños cambian. Aunque poder jactarse de tener un espacio propio sigue siendo una de nuestras metas, en la realidad nos bastamos con poder alquilar una habitación en una bonita zona de la ciudad, rogando que nuestros roomies no sean tan indolentes. Convivimos por obligación. No hay libertad para los introvertidos: quien no hace relaciones públicas no vende. Exitoso es el que no tiene que salir los viernes para andar de quedabién; es el que puede elegir ponerse la pijama a las 7 y quedarse dormido viendo Netflix. Feliz no es el que se sienta satisfecho con la vida que lleva sino el que pueda pagarse los antidepresivos, los ansiolíticos, el psicoanalista, las clases de yoga y de meditación sin que se le descomponga el presupuesto. Quizá por eso es que el sueño del millennial no es poseer un terruño sino costearse un viaje de búsqueda espiritual a los Himalayas.

Sólo eso tendría que hacernos reconsiderar nuestra ideología, pero el mito se transformó en otra cosa todavía más extraña: la de que uno mismo bloquea su capacidad para la riqueza. Y somos tan narcisistas que de verdad llegamos a creerlo.

Los datos, sin embargo, muestran una realidad muy difrente: la riqueza por la que nosotros y las generaciones que nos precedieron trabajamos tan duro está en manos de muy poquita gente. Curiosamente, alguna de esa gente cree también en el mito: no hace mucho Donald Trump atribuyó su éxito económico a su astucia, como si sólo eso lo hubiese colocado en el lugar en el que está y no a pertenecer a la clase privilegiada desde su nacimiento.

En cuanto a mí, no sé qué podamos hacer para cambiar este sistema. Sólo se me ocurre que ir abandonando estas mentiras que tanto tiempo llevamos creyendo es un buen primer paso.

Para saber más:

Requiem for the American Dream [YouTube]

2 comentarios en “La culpa es del neoliberalismo”

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