El mejor invento del diablo es convencer al mundo de que todos somos diabólicos

No fui precavido y no tuve más remedio que formarme en la fila de la taquilla. Eran las ocho de la noche y mucha gente esperaba su turno para recargar sus tarjetas o comprar sus boletos para abordar el Metro. La taquilla tenía tres ventanillas, pero sólo una estaba abierta. Las otras dos tenían un aviso con letras grandes que parecía estar ahí desde siempre: “Sin servicio. Gracias por su comprensión”.

El resto del viaje noté muchas cosas que requerían de esa comprensión nunca solicitada, pero de antemano agradecida: la escalera eléctrica no servía, los trenes pasaban con una frecuencia lastimosa, algunos pasillos apestaban a orines y basura, etcétera. Pensé en la profunda agresión pasiva que hay detrás del gracias por su comprensión. ¿Y qué si no me da la gana comprender que hacen tres ventanillas para que salgan en los periódicos el día de la inauguración, pero realmente sólo piensan abrir una? ¿Y qué si no me siento con ánimos de comprender que la gente a veces ha bebido de más y se le hace fácil orinar en un pasillo donde diario transitan miles de personas? ¿Y qué si no se me antoja comprender que la escalera eléctrica no sirva dejando a todos los que no tienen otra que andar con muletas subiendo los peldaños a brinquitos? ¿Es que nadie toma en serio esas cosas?

“No es que esté de acuerdo, pero así es la realidad”, me dicen algunos. Todos sabemos que cuando La Realidad se impone no hay nada que hacer, que las cosas que pertenecen a ese ámbito son inevitables como la muerte. Pero yo discrepo. Creo que lo que ocurre en el fondo de todas esas cosas tiene poco que ver con lo inevitable y mucho más con una ubicua inmadurez que, a falta de una mejor palabra, llamaré “no tomarse en serio”.

En mi diccionario, tomar en serio algo consiste en aceptarlo como una realidad. Es lo que hago siempre que reseño algún anime o película: acepto sus premisas y las exploro como si se tratara de realidades concretas, lo que a veces da lugar a reflexiones interesantes. En el ejemplo que me ocupa, tomar en serio al Metro consiste en reconocerlo como lo que es: un sistema de transporte urbano cuya misión es facilitar la movilidad. Para eso están los trenes, pero también las escaleras eléctricas que, si bien las usamos todos, son mucho más necesarias para quienes tienen dificultades para caminar o sostenerse en pie y eso también es movilidad.

Hace unos años enseñé psicología en uno de esos ‘Programas Ejecutivos’. La idea de éstos es “ofrecer educación superior” a quien no tiene tiempo —o no lo tuvo— de estudiar una licenciatura en sistema escolarizado. Sin embargo, pocos lo tomaban en serio; para la mayoría era un mero trámite para obtener un título. No les interesaba aprender ni siquiera los rudimentos de la disciplina en la que planeaban licenciarse; lo que querían es un grado académico que pudieran presumir. Poseerlos, desde luego, ya no significa que uno sepa algo sobre lo que se supone que sabe y de ahí se sigue que a los grados académicos ya nadie los toma en serio; se convirtieron en un trámite más.

En nuestra cultura los trámites tienen su propia lógica: rara vez son un proceso en el que uno expone lo que desea y demuestra que cumple los requisitos para conseguirlo; a lo sumo son la prueba de que uno es lo bastante aguantador como para transitar numerosos graciasporsucomprensión. Y, pensándolo bien, quizá esa sea la única cualidad que realmente se busca: la de que podemos aceptar cualquier irracionalidad y entenderla como parte de La Realidad.

No estoy de acuerdo con quienes afirman que la nuestra es una cultura de la corrupción: sólo en la definición más básica puede compararse la mordida al policía de tránsito con la fundación de una empresa fantasma. No parten siquiera de la misma motivación. No somos corruptos porque queramos sacar provecho: lo somos porque a veces no hay otra alternativa y la repetición de situaciones que nos orillan a ello acaban por naturalizar esa conducta. Es mentira que el que no tranza no avanza. Nadie se hace rico dándole pa’l chesco al de la ventanilla, pero a veces sólo así logra ampliar un poquito su margen de acción. El mejor invento del diablo es convencer al mundo de que todos somos diabólicos.

Propongo que tomemos las cosas más en serio. Que nuestros maestros enseñen, nuestros alumnos estudien, nuestros vándalos destrocen cosas y nuestros policías los arresten por hacerlo. Que nuestros medios de transporte público hagan su mejor esfuerzo para llevarnos de un lugar a otro y nuestros gobiernos para gobernarnos. Basta de simulaciones. La nuestra es una cultura de la supervivencia y hágale como quiera, pero no tiene por qué seguir siendo así.

Gracias por su comprensión.

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