No somos inmortales, pero somos eternos

En su ensayo sobre la guerra y la muerte, Freud expuso la idea de que, inconscientemente, nos sabemos inmortales. Para él, la propia muerte es esencialmente impensable. No es que no podamos entenderla racionalmente; desde que atestiguamos la muerte de otros, sin importar el cuento mágico con que se nos consuele, sabemos que el vacío que deja la muerte es uno que no vuelve a ser ocupado de ninguna manera; pero, para nosotros, la propia muerte sigue siendo una experiencia inimaginable.

Lo inconsciente es un ámbito que no conoce tiempo o espacio. Si no podemos representarnos la experiencia de morir, tampoco podemos imaginar cabalmente un mundo anterior o posterior a nosotros. Si lo hacemos, nuestro papel es parecido al de los fantasmas: una forma de existencia que persiste, aunque no sea vista u oída, pero que continúa siendo espectador de todo cuanto acontece. Lo inconsciente, irrepresentable, no conoce tiempo o espacio y la muerte tampoco.

Quizá lo mismo ocurra con otras formas de duelo. Cuando una relación acaba, el otro sigue existiendo en nuestro interior como objeto representado; revivido constantemente bajo la forma de sentimientos, sensaciones y recuerdos. Las canciones, los lugares, las películas; cualquier cosa que pueda conservar el vínculo activo permite que el objeto representado continúe existiendo con todas las características que ha tenido siempre, cuando menos en lo que a nosotros concierne.

Por eso, visto desde el otro lado, dejar el lugar que ocupábamos en la vida de alguien también es impensable. Así como no podemos imaginar nuestra muerte sin ser, cuando menos, sus espectadores, tampoco podemos representar nuestra ausencia. Esa es la razón por la que duele tanto darnos cuenta de que nuestro lugar ha sido ocupado por otra cosa; como cuando se visita la casa de los padres sólo para encontrar la habitación que sentimos propia, transformada en bodega. Es la demostración de que la vida no se detiene ni siquiera en nuestra ausencia, que los objetos no quedan en pausa cuando dejamos de mirarlos y que las personas para quienes algo hemos significado pueden, de hecho, encontrarnos reemplazos. En lo inconsciente, las cosas se quedan tal como las dejamos y descubrir que no ha sido así constituye un choque con la realidad. Es verdad: la vida sigue.

¿Recuerdan esa escena de El Rey León en la que Simba se reencuentra con su padre? Para el joven león la vida había cambiado mucho desde la tragedia en el cañón. Vivía en otro lugar, había hecho nuevos amigos y creyó de verdad que había dejado todo atrás (¡hasta su preciada dieta carnívora!). Pero Mufasa siguió viviendo en él, que es una manera de decir que los afectos siguieron intactos y las experiencias compartidas nunca se borraron. Mufasa seguía siendo representable aun después de muerto y eso es un efecto de la eternidad con la que lo inconsciente opera.

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La vida sigue, es verdad, pero en lo inconsciente las cosas perduran eternamente, bajo otra forma. Si nos buscamos en los demás, seguramente nos encontraremos; del mismo modo que encontramos a los otros en nuestro interior. Esto es una verdadera ventaja: estamos a tiempo de ofrecernos disculpas y aprender las lecciones del pasado. Estamos a tiempo de volver a los lugares del pasado y construir nuevas realidades. Estamos a tiempo de caminar hacia el futuro llevando con nosotros los tesoros de nuestra experiencia. Como cuando Antoine de Saint-Exupéry dedicó El Principito a su mejor amigo, cuando era niño: le habló al niño que aún vivía en el corazón del adulto y, con eso, todos los niños que nosotros aún somos nos sentimos identificados.

Sólo cuando hayamos muerto de verdad y haya sido olvidado todo vestigio de nuestra existencia, nada de esto importará más. Pero hasta entonces, somos eternos.

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