Escenas citadinas: Generosidad

Salí tarde de trabajar y seguía lloviendo. En esta ciudad eso significa que mi camino de regreso sería más largo de lo usual: el Metro demoraría más, estaría más lleno y la gente, desde luego, estaría de peor humor. Las noticias en el mundo tampoco eran nada alentadoras. Donald Trump, el candidato que nadie de este lado quiere ver despachando en la Casa Blanca, iba arriba en los conteos y todo parecía indicar que sería el ganador. Un poco en broma, un poco en serio, todo mi feed de Twitter hablaba de un mundo que se acababa.

Cansado y hambriento, compré una bolsita de papas fritas con salsa, limón y chile. El pequeño puesto que me la vendió estaba atendido por dos chicos que no rebasaban los dieciséis años. Discutían tan acaloradamente que el que me atendió no se detuvo siquiera a preguntar si quería salsa o cuánta —como es costumbre—. Sólo tenía oídos para su propia furia.

Estos últimos días han estado llenos de sinsabores. Como el chico de las papas, yo tampoco tenía cabeza para otra cosa que no fueran mis propios problemas. Pensaba en eso cuando de pronto me di cuenta que había un vago a mi lado. No sé qué cara le puse, pero apenas intercambiamos miradas y decidió irse a otra parte del vagón. Lo observé con atención. Su ropa estaba desgastada y rota, como es de esperar, pero se notaba que trataba de cuidar su aspecto. Llevaba el cabello corto y la barba sólo ligeramente desaliñada. Cargaba sus pertenencias en dos bolsas de plástico y una mochila de ésas que solía regalar el Partido Verde Ecologista.

A los pocos minutos noté que esta intercambiando palabras con alguien. Se trataba de otro hombre. Corpulento, con anillos gruesos en las manos. Era un hombre como de cincuenta años. Se acercó al vago para decirle algo y darle una moneda. Siguieron conversando. Ese solo hecho me predispuso en su favor: casi nadie suele dedicar tiempo a conversar con un compañero de viaje, mucho menos si éste va vestido de harapos. Incluso me sentí avergonzado: sólo unos minutos antes, mi expresión lo había ahuyentado de mi lado.

De pronto, el hombre de los anillos se descalzó y le ofreció al vago sus zapatos. El vago me miró, sabiendo que yo había estado contemplando la escena. No sé qué cara le puse, pero sonrió y su gesto me decía algo como “¿qué te parece este loco?”. Le sonreí de vuelta y me quité los audífonos. Lo escuché negarse a recibirlos. “Noooo, ¿cómo se va a ir usted así? Además, ¿qué tal que no me quedan?”. El hombre de los anillos insistió, pero al ver que iba a ser una negociación difícil, optó por no darle opción. Se despidió rápidamente y así, descalzo, se bajó en la primera estación que siguió. Quién sabe si sería la suya. Estupefacto, el vago sólo tomó los zapatos en sus manos y siguió mirando a la ventana.

En casa, Twitter siguió hablando del terror que causaba la, ahora sí más segura, victoria de Donald Trump. Yo seguí pensando en la escena que tuve oportunidad de presenciar. Qué pequeños se ven mis problemas junto a eso. Qué absurdo parece el mundo frente a un gesto simple como el de quitarse los zapatos. Concluí lo siguiente: en tanto esa clase de generosidad no muera, aún hay esperanza. Quiero tener fe.

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