Tránsito al Año Nuevo

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Ya no me cuento como religioso y, sin embargo, tengo muchos objetos y costumbres que pueden considerarse como tales. Desde el verano pasado llevo en mi muñeca izquierda una mala budista y, en mi billetera, un omamori que recibí de una de mis mejores amigas y que tiene un gemelo habitando un lugar donde también reside una parte de mi corazón. También porto el omikuji que saqué a los pies de la enorme efigie de Vairocana, que pronostica la vuelta de mi buena fortuna y de todo lo que amo, siempre que haga el esfuerzo de buscarlo. Mi sueño es velado por un Daruma que yo mismo decoré y que, como me dijeron, debe observarme desde lo más alto. Tengo también una pequeña figura de bodhisattva Jizo, acompañado de un torii que conseguí en Fushimi Inari Taisha y una pequeña roca que saqué del río Kamo. En Nochebuena encendí las luces del Nacimiento que pedí me ayudaran a poner y puse la correspondiente figura del Niño Jesús. Aunque ahora no está conmigo, un objeto al que tengo mucho afecto es una figura de yeso del mismo Niño Jesús, en la que aparece recargado de una pequeña Cruz y que me fue obsequiada en un cumpleaños ya lejano. Todos los días, antes de comer, recito en silencio el itadakimasu que usan los japoneses para expresar su agradecimiento por lo que les es dado. Lo hago como recordatorio de que aun en este año en el que he perdido tantas cosas, sigo siendo lo bastante afortunado como para no pasar hambre o frío.

En estas fechas, los cristianos celebraron el Nacimiento del Salvador. Aunque lo parezca, no es realmente la fecha más importante de la cristiandad. Es tan sólo un anticipo, el principio de una promesa que aún estaba por cumplirse y que, por más alegría que trajera consigo, todavía tenía pendiente una buena dosis de amargura y dolor. Lo mismo ocurre con la fiesta de Año Nuevo: representa la esperanza en el porvenir y el deseo de renovación, pero nada garantiza que el cambio arbitrario de nomenclatura se traduzca en algo concreto. Unos y otros rituales no son sino símbolos de esos deseos, pero también son ocasión de trascender un poquito las barreras de nuestro narcisismo y extender nuestras esperanzas al ámbito de los otros. Nos abrazamos, compartimos la comida y repetimos como mantra que ojalá el año que viene esté colmado de bendiciones.

Somos seres atados a la ilusión del tiempo y tendemos a poner límites arbitrarios a esa ilusión y aunque puesto así parezca ser un despropósito, yo veo en ese esfuerzo un ánimo constantemente renovador. Envejecer no es una mala cosa, si se acepta el sufrimiento como parte irrenunciable de la vida y que con él también viene la sabiduría, si prestamos atención.

A quienes me leen: les deseo un año en el que vean sus fuerzas renovadas y sepan encausarlas hacia la compasión. Que sepamos tomarnos de la mano para transitar juntos por la oscuridad y ofrezcamos a los viajantes momentos de paz en torno al fuego. Que seamos más ‘nosotros’ y un poco menos ‘yo’. Que demos pasos hacia la paz.

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