De qué hablo cuando hablo de psicoterapia (psicoanalítica)

Cuando alguien se entera a qué me dedico, es común que su siguiente pregunta sea cuál es mi afiliación teórica. Es decir, si me considero un seguidor de Freud o de Lacan o de cualquier otro que ande en el imaginario de quien pregunta.

6af7fdfae164f7ecffa8161888a720beNo es que no pueda ser una pregunta pertinente, pero a mí, en general, cada vez me parece que tiene menos sentido. “¡Ah, entonces eres ecléctico!”, me han llegado a decir. Y no, tampoco. Quizá sea prejuicio mío, pero todos los que he conocido que se identifican con esa postura me han parecido más bien perezosos; gente que no sólo no conoce a fondo ninguna corriente teórica, sino que tampoco hace ejercicios críticos sobre lo que ‘sabe’. Es decir, gente que se limita a dar palos de ciego.

Pero llegado el momento, creo que sí me identifico más con Freud. Coincido en general con su idea de que la represión es un mecanismo al mismo tiempo civilizador y neurotizador; encuentro útil su noción triadica de Ello/SuperYo/Yo, siempre que se entiendan más como instancias funcionales que como regiones de la mente; estoy de acuerdo con que nuestra conducta sexual (en sentido amplio) esconde rasgos de nuestro aprendizaje relacional más fundamental; y que algún impulso interno tiene tal sed de destrucción que a veces nos hace olvidar que no somos inmortales.

A los psicoanalistas de distintos bandos los distingue el lenguaje que usan. No son iguales quienes hablan de complejos edípicos que quienes se esmeran en sintetizar significados y significantes o identificaciones proyectivas. No es que unos tengan más razón que otros: cada uno ha aprendido a enfocar una misma realidad con un lente diferente. Pero, ¿es eso válido?

A simple vista, se diría que no. Un método que esté tan sujeto al instrumento de observación que se emplee (es decir, el aparato teórico de cada analista) no puede ser muy confiable en primer lugar, pues no habría certezas de que el problema esté siendo realmente atendido. Si el problema es, digamos, que estoy pasando por un periodo depresivo que me hace difícil concentrarme en mi trabajo, ¿de qué podría servirme identificar las carencias afectivas que traigo arrastrando conmigo desde que mi madre decidió ignorar mis tristezas en favor de las ansiedades de mi padre?

Los psicoanalistas creemos que entre una cosa y otra existe una relación (o muchas) y que ir poniendo los eslabones que faltan en la historia es una actividad salutífera. No son pocos los analistas que reportan cambios significativos en la salud mental de sus pacientes que, de un modo u otro, han logrado unir los eslabones y configurar una teoría personal que les explique por qué en ciertas circunstancias se sienten de tal manera y por qué ante cierto tipo de personas reaccionan de tal otra. Hallar esos eslabones es nuestra misión.

Pero es un trabajo que, lo sabemos, toma bastante tiempo. A veces hay cosas más urgentes por resolver. Es ahí donde un psicoanalista interviene de manera distinta: la misión arqueológica se deja en standby para colaborar en diseñar estrategias que ayuden a enfrentar el mundo real. En ese proceso, algún eslabón perdido puede llegar a ser encontrado, pero sigue siendo un logro secundario; lo urgente se impone y ha de encontrar medios para diluirse. A veces, sí, con la ayuda de medicamentos.

Sin embargo, nunca olvidamos que nuestra tarea fundamental es otra. Cuando una persona le ha tomado gusto a descubrirse, comienza un proceso creativo de reconstrucción que, muchas veces, ilumina aspectos de su personalidad que habían permanecido a la sombra y que resultan útiles en la búsqueda de alternativas para la vida. Escuchamos atentamente, pues lo inconsciente no sólo se esconde en los sueños o los Freudian slips, sino también (y quizá principalmente) en la lógica interna del proceso de asociar ideas; en los detalles más minúsculos del relato cotidiano y en las cosas que se repiten con persistencia.

Sí, tomamos la ruta larga, el camino panorámico. Nos tomamos el tiempo de hacerlo. Hay cosas por las que, creo, vale la pena hacerlo.

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