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Apuntes sobre la Empatía I: Conociendo al enemigo

A lonely girl looking out of a high-rise flat.

El principal antagonista de la empatía es el narcisismo. Si la primera aspira a poder ‘ponerse (imaginariamente) en el lugar de otro’ y experimentar lo que vive como si se tratara de la propia piel, el otro tiende a expandirse como un cáncer y a abarcarlo todo como si se tratara de una extensión del propio yo. Algo parecido a lo que el personaje de Ego (el nombre no es nada accidental) intentó lograr en la más reciente entrega de Guardians of the Galaxy, pero a un nivel más bien simbólico y mucho más terrenal.

La lógica que atraviesa ambas posiciones es la de la identidad: eso que nos permite reconocer tanto los límites como los puentes que hay entre uno y los demás. Naturalmente, dichas posiciones influyen de manera importante en nuestra relación y forma de interpretar el mundo. El predominantemente narcisista, por ejemplo, al asumir que todo lo que le rodea se trata de sí mismo, tenderá a interpretar lo que ocurra a su alrededor en esa clave y, por lo tanto, a malentender las intenciones y los sentimientos de los demás. En nuestro medio hay muchos ejemplos: acosadores que están pendientes hasta de la más ínfima reacción del otro, buscando los mensajes secretos que seguramente les están dirigidos; padres y madres que esperan que sus hijos tomen las decisiones que ellos mismos tomarían de estar en su lugar, sin la menor consideración de las circunstancias o deseos; gente que, en general, confunde raciocinio con su propia clave particular de valoración y juicio y se queda estupefacto cuando las cosas toman rumbos diferentes.

Se llenará la boca de discursos sobre la libertad, demasiado pendiente de que se respeten sus derechos y los de aquellos con quienes coincida en algo, pero le costará entender por qué los derechos de otros son importantes también. Esgrimirá la razón como un arma y creerá que la violencia que de ella resulte es, a diferencia de todas las otras violencias, justa.

Pero también, a causa de eso mismo, estará muy solo. Y no entenderá por qué. Quizá ni siquiera entenderá que eso que siente y que está acostumbrado a llamar güeva o aburrimiento, es, en realidad, una soledad recalcitrante. No importa si está rodeado de familia, lleno de hijos y nietos o de una pareja que le mime y prepare cosas ricas de comer. No importa si a su alrededor hay colegas que comparten sus intereses y objetivos, Nada de eso bastará ni le hará sentir de verdad acompañado. Todos le serán siempre extraños.

La nuestra es una época que privilegia al narcisismo de muchas maneras. Nos invita a vivir el momento, procurándonos siempre placer en lo que hacemos e instándonos a rodearnos sólo de gente que siempre nos hace sentir bien o que, si nos reta, nunca lo haga a niveles que no podamos manejar. Nos convence de desechar —como si de objetos se tratase— a las personas de nuestra vida que han dejado de tener un propósito inmediato en ella, recordándonos con insistencia que en este mundo somos los bastantes como para siempre encontrarnos reemplazos. Incluso nos provee los argumentos: nos enseñó que hay personas ‘tóxicas’, cuyo único fin en la vida parece ser atormentar a otros, pero olvida, quizá adrede, mostrarnos los métodos para medir la toxicidad y, por eso, vamos por la vida tomando a otros como pañuelos con los que limpiarnos la nariz. Los tóxicos, claro, nunca somos nosotros.

Pero quizá el más grande engaño consiste en hacernos creer que tenemos razón, que estamos en el bando correcto. Que, en tanto formemos parte del bando correcto, las diferencias que haya al interior son tolerables y muestra clara de la diversidad que vivimos. Fuera del gremio de aquellos que son como yo (y, por lo tanto, son yo) lo que hay es, necesariamente, cerrazón, estupidez, toxicidad. Y que lo mejor es cerrarle la puerta en la cara a todo eso; no sea que nos contamine.

Tener razón, estar en lo correcto; nada de eso nos exime de adoptar la posición del narcisista; al contrario, contribuye a sustentarla. ¿Por qué hemos de intentar comprender al necio o al estúpido? ¿Para qué perder el tiempo con ello, cuando podemos sentarnos a discutir nuestras diferencias con quienes nos son más semejantes y así lograr mayor unidad?

El problema es que un narcisismo bien alimentado y regordete será cada vez menos proclive a aceptar las diferencias. Los puentes de la identidad colapsan y la piel se endurece. Entonces llega la soledad y el sufrimiento que de ella nace. Clamará por contacto y sólo el eco le devolverá el llamado. Pero tendrá razón.

Una época como la nuestra alimenta esas soledades, más o menos como Aldous Huxley imaginó que lo haría: llenándonos de placeres solitarios, de pastillas para olvidar los malestares, de posturas ideológicas que consentirán a nuestro intelecto; alertándonos de la constante violencia que podemos sufrir si nos alejamos de los ambientes seguros, libres de salvajes, que hemos perfeccionado gracias a la ciencia y la tecnología.

Pero los salvajes existen y están al alcance; sólo hay que mirarse al espejo. Paradójicamente, creo que el primer paso para la empatía está justo ahí, en la disposición para escuchar a ese otro que soy yo mismo; a ese que llora en las noches porque se sabe solo y que acallo con lo que puedo.

De qué hablo cuando hablo de psicoterapia (psicoanalítica)

Cuando alguien se entera a qué me dedico, es común que su siguiente pregunta sea cuál es mi afiliación teórica. Es decir, si me considero un seguidor de Freud o de Lacan o de cualquier otro que ande en el imaginario de quien pregunta.

6af7fdfae164f7ecffa8161888a720beNo es que no pueda ser una pregunta pertinente, pero a mí, en general, cada vez me parece que tiene menos sentido. “¡Ah, entonces eres ecléctico!”, me han llegado a decir. Y no, tampoco. Quizá sea prejuicio mío, pero todos los que he conocido que se identifican con esa postura me han parecido más bien perezosos; gente que no sólo no conoce a fondo ninguna corriente teórica, sino que tampoco hace ejercicios críticos sobre lo que ‘sabe’. Es decir, gente que se limita a dar palos de ciego.

Pero llegado el momento, creo que sí me identifico más con Freud. Coincido en general con su idea de que la represión es un mecanismo al mismo tiempo civilizador y neurotizador; encuentro útil su noción triadica de Ello/SuperYo/Yo, siempre que se entiendan más como instancias funcionales que como regiones de la mente; estoy de acuerdo con que nuestra conducta sexual (en sentido amplio) esconde rasgos de nuestro aprendizaje relacional más fundamental; y que algún impulso interno tiene tal sed de destrucción que a veces nos hace olvidar que no somos inmortales.

A los psicoanalistas de distintos bandos los distingue el lenguaje que usan. No son iguales quienes hablan de complejos edípicos que quienes se esmeran en sintetizar significados y significantes o identificaciones proyectivas. No es que unos tengan más razón que otros: cada uno ha aprendido a enfocar una misma realidad con un lente diferente. Pero, ¿es eso válido?

A simple vista, se diría que no. Un método que esté tan sujeto al instrumento de observación que se emplee (es decir, el aparato teórico de cada analista) no puede ser muy confiable en primer lugar, pues no habría certezas de que el problema esté siendo realmente atendido. Si el problema es, digamos, que estoy pasando por un periodo depresivo que me hace difícil concentrarme en mi trabajo, ¿de qué podría servirme identificar las carencias afectivas que traigo arrastrando conmigo desde que mi madre decidió ignorar mis tristezas en favor de las ansiedades de mi padre?

Los psicoanalistas creemos que entre una cosa y otra existe una relación (o muchas) y que ir poniendo los eslabones que faltan en la historia es una actividad salutífera. No son pocos los analistas que reportan cambios significativos en la salud mental de sus pacientes que, de un modo u otro, han logrado unir los eslabones y configurar una teoría personal que les explique por qué en ciertas circunstancias se sienten de tal manera y por qué ante cierto tipo de personas reaccionan de tal otra. Hallar esos eslabones es nuestra misión.

Pero es un trabajo que, lo sabemos, toma bastante tiempo. A veces hay cosas más urgentes por resolver. Es ahí donde un psicoanalista interviene de manera distinta: la misión arqueológica se deja en standby para colaborar en diseñar estrategias que ayuden a enfrentar el mundo real. En ese proceso, algún eslabón perdido puede llegar a ser encontrado, pero sigue siendo un logro secundario; lo urgente se impone y ha de encontrar medios para diluirse. A veces, sí, con la ayuda de medicamentos.

Sin embargo, nunca olvidamos que nuestra tarea fundamental es otra. Cuando una persona le ha tomado gusto a descubrirse, comienza un proceso creativo de reconstrucción que, muchas veces, ilumina aspectos de su personalidad que habían permanecido a la sombra y que resultan útiles en la búsqueda de alternativas para la vida. Escuchamos atentamente, pues lo inconsciente no sólo se esconde en los sueños o los Freudian slips, sino también (y quizá principalmente) en la lógica interna del proceso de asociar ideas; en los detalles más minúsculos del relato cotidiano y en las cosas que se repiten con persistencia.

Sí, tomamos la ruta larga, el camino panorámico. Nos tomamos el tiempo de hacerlo. Hay cosas por las que, creo, vale la pena hacerlo.

Best of Anime [Series]

Cada quién tendrá sus favoritos, pero estos son los míos; lo que sin pestañear recomendaría a cualquiera que mostrase algún interés en lo que este medio tiene para ofrecer. Como toda lista de esta naturaleza, es susceptible de revisarse con el tiempo (no sólo en virtud de nuevos lanzamientos sino, también, en la paulatina transformación de quien observa).

10. Shirobako (P.A. Works, 2014-2015).

shirobakoAoi Miyamori pasó de ser fan a formar parte del equipo de producción en un estudio de anime que está en vías del resurgimiento. Aunque se trata de un empleo que ha anhelado toda su vida, las dificultades diarias, el cansancio y la frustración hacen que se cuestione seriamente sus deseos de continuar trabajando para tan duro negocio.

Aunque muchos la señalan como un ejemplo de ‘deconstrucción’ de la industria del anime, creo que el principal valor de esta serie está en contar una historia sobre las delicias y los sinsabores que vienen a la par de los deseos cumplidos.

Reseña: Happily ever after

9. Steins;Gate (White Fox, 2011-2013).

steins-gateRintaro Okabe es, según sus propias palabras, un ‘científico loco’. Obsesionado con la idea de que una gran conspiración se cierne sobre la humanidad, Okabe intenta construir una máquina del tiempo, pues está convencido que el control de esa tecnología es la única esperanza de salvación.

Sin embargo, meterse con el tiempo no es un asunto menor. A medida que descubre que  su invento puede cambiar drásticamente el curso de los acontecimientos, se topa de frente con que hay aspectos del destino que quizá sean del todo ineludibles. Es una historia que, apoyándose firmemente en un marco de ciencia ficción, explora la fluidez del tiempo, la inevitabilidad y los alcances del amor.

8. March comes in like a Lion (Shaft, 2016-2017).

3-gatsuRei Kiriyama es un jugador profesional de shogi, pero en su vida no hay ninguna otra cosa. Está enajenado de su familia adoptiva, de sus compañeros de la escuela y a su alrededor no hay nadie que lo haga sentir parte de algo. Transita por un estado depresivo que le dificulta ver que a su alrededor hay personas que genuinamente se preocupan por él y le quieren.

La serie se enfoca a describir la paulatina construcción de puentes que Rei va estableciendo con las distintas personas que se cruzan en su vida; desde sus oponentes en el shogi hasta una familia de tres hermanas con quienes comparte mucho más de lo que puede reconocer. No es una historia romántica, pero sí es una historia de amor. Amor por los demás, amor por lo que uno hace, amor por sí mismo.

7. Kids on the Slope (MAPPA, 2012).

sakamichiKaoru y Sentarō no podrían ser más distintos. El primero es un chico introvertido y más bien debilucho, que no siente arraigo por ningún lugar debido a que desde niño ha estado cambiando constantemente de casa. El otro tiene fama de delincuente, pero en realidad es sólo un tipo rudo que no duda en involucrarse en peleas siempre que se trate de defender algo justo. En una época en la que imperaba el rock & roll, la pasión y libertad del jazz será uno de los ejes que cimentarán su amistad.

Sakamichi no Apollon es una historia de encuentros y desencuentros, en la que la amistad es el valor máximo y prueba ser capaz de atravesar tiempo y espacio.

6. Psycho-Pass (Production I.G, 2012-2013).

psycho-passEn una sociedad en la que el estado mental de los individuos puede ser evaluado por máquinas y cámaras instaladas por doquier, la ‘felicidad’ está garantizada para la gran mayoría de sus miembros. En ese contexto, el crimen es entendido como una enfermedad social y tratado como tal.

Akane Tsunemori, inspectora de recién ingreso a la División de Seguridad Pública, enfrenta junto a Shin’ya Kōgami una serie de asesinatos que, por alguna razón, escapan a la comprensión y vigilancia del sistema al que su sociedad ha confiado su estabilidad. Psycho-Pass es una historia que cuestiona profundamente lo que entendemos por naturaleza humana, ética, ley, libertad y dignidad.

5. Hunter X Hunter (Madhouse, 2011-2014).

HunterXHunterGon, un niño de 10 años, vive con su tía y su abuela en una pequeña isla. Fue dejado al cuidado ella por su padre, un Cazador, de quien no se ha sabido nada en varios años. Sin embargo, Gon no resiente el abandono, al contrario: está convencido de que si su padre lo dejó para seguir la vida de un Cazador, debe ser que ese camino es extraordinario y él también desea recorrerlo.

Hunter X Hunter es una serie de aventuras en la que Gon persigue la sombra de su padre. Pero, como todo viaje, éste está lleno de alegrías y amigos, de triunfos y desventuras, de aprendizajes y peligros, de venganzas y reconciliaciones… Pero no se limita a eso: esta historia explora el mundo y, también, lo que entendemos por el bien y el mal e incluso lo que nos hace humanos.

Reseña completa

4. Fullmetal Alchemist: Brotherhood (Bones, 2009-2010)

fmaOtra historia de aventuras y viajes y —quizá— el mejor ejemplo que hay de las virtudes del anime como medio narrativo. Los hermanos Edward y Alphonse Elric han cometido el peor pecado: intentar devolver la vida a su madre muerta mediante la alquimia. No sólo fracasaron: Edward perdió dos extremidades y Alphonse (que ahora vive fijado a una armadura vacía), su cuerpo. Así, los hermanos emprenden un viaje con la esperanza de encontrar la Piedra Filosofal y recuperar sus cuerpos.

Sin embargo, el mundo que los Elric recorrerán no es uno simple y la alquimia lo es todavía menos. El viaje les demostrará que, como el principio mismo de la alquimia, todo lo que hay en el universo está conectado y que la Verdad puede hallarse en el interior de uno mismo.

3. Sound! Euphonium (Kyoto Animation, 2015-2016).

euphoNo es una historia épica, de ninguna manera, pero es una de las más personales de esta lista. Kumiko Oumae —de recién ingreso en la preparatoria— ha decidido alejarse de la música. Pero, como si el destino hubiese dispuesto otra cosa, en su nueva escuela también se inscribió Reina, una antigua compañera de orquesta con quien Kumiko se siente muy apenada. Siendo una chica que se deja llevar fácilmente por la inercia, Kumiko termina una vez más enrolada en la orquesta estudiantil, bajo la dirección de un joven y ambicioso profesor, que quiere llevar al representativo de la escuela a las Nacionales.

Esta es, en el fondo, una historia de descubrimiento personal. A través de sus experiencias con los distintos miembros de la orquesta, pero también de constantes reflexiones sobre el lugar que ocupa en ese mundo, Kumiko reconoce paulatinamente su propio deseo de destacar y su amor por el instrumento musical que la ha acompañado desde siempre.

Análisis: Música, lealtad y amor

2. Puella Magi Madoka Magica (Shaft, 2011-2013).

madokaMadoka es una chica normal, privilegiada. Tiene amigas, una familia afectuosa, una vida tranquila… hasta que un día recibe la inesperada visita de Kyubey, una criatura mágica que le ofrece un trato: convertirse en guerrera mágica y combatir a las Brujas a cambio de que se le conceda cualquier milagro que desee. ¿Qué podría desear una chica que lo tiene todo?

Esta historia explora las vicisitudes del deseo, mostrando que aun los anhelos más apreciados y nobles esconden el dolor, la angustia y la mezquindad que guarda todo corazón humano; pero también que la amistad, el amor y el sacrificio son valores a los que vale la pena aferrarse. Es, aunque a veces no lo parezca, una historia sobre la esperanza.

Ensayo: Madoka no es kami, sino bodhisattva

1. Neon Genesis Evangelion (Gainax, 1995-1997; khara, 2007-).

evangelionEn el año 2000, un fuerte impacto derritó el hielo del Polo Sur, causando un sinnúmero de catástrofes de las que la humanidad apenas está recuperándose. Quince años después, la aparición de los Ángeles parece anunciar el fin de los tiempos. Shinji es un chico de catorce años a quien se le ha encomendado la misión de combatir a los Ángeles y preservar a la humanidad. Shinji, sin embargo, dista mucho de ser un héroe.

La obra de Hideaki Anno es célebre por muchos aspectos, pero en el fondo se trata de contrastar el deseo básico e íntimo del contacto con otros con el del aislamiento individualista que persigue únicamente la propia satisfacción. Explora a profundidad los deseos y circunstancias de sus personajes, cuestionando la validez misma de la supervivencia. Ante el problema insoluble de la humanidad, la salvación está en la comunión, pero el costo es, quizá, demasiado alto: la desaparición del yo. La llave del Cielo y el Infierno está en manos de Shinji.

Evangelion a veinte años: crisis, catástrofe y pertinencia

Tránsito al Año Nuevo

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Ya no me cuento como religioso y, sin embargo, tengo muchos objetos y costumbres que pueden considerarse como tales. Desde el verano pasado llevo en mi muñeca izquierda una mala budista y, en mi billetera, un omamori que recibí de una de mis mejores amigas y que tiene un gemelo habitando un lugar donde también reside una parte de mi corazón. También porto el omikuji que saqué a los pies de la enorme efigie de Vairocana, que pronostica la vuelta de mi buena fortuna y de todo lo que amo, siempre que haga el esfuerzo de buscarlo. Mi sueño es velado por un Daruma que yo mismo decoré y que, como me dijeron, debe observarme desde lo más alto. Tengo también una pequeña figura de bodhisattva Jizo, acompañado de un torii que conseguí en Fushimi Inari Taisha y una pequeña roca que saqué del río Kamo. En Nochebuena encendí las luces del Nacimiento que pedí me ayudaran a poner y puse la correspondiente figura del Niño Jesús. Aunque ahora no está conmigo, un objeto al que tengo mucho afecto es una figura de yeso del mismo Niño Jesús, en la que aparece recargado de una pequeña Cruz y que me fue obsequiada en un cumpleaños ya lejano. Todos los días, antes de comer, recito en silencio el itadakimasu que usan los japoneses para expresar su agradecimiento por lo que les es dado. Lo hago como recordatorio de que aun en este año en el que he perdido tantas cosas, sigo siendo lo bastante afortunado como para no pasar hambre o frío.

En estas fechas, los cristianos celebraron el Nacimiento del Salvador. Aunque lo parezca, no es realmente la fecha más importante de la cristiandad. Es tan sólo un anticipo, el principio de una promesa que aún estaba por cumplirse y que, por más alegría que trajera consigo, todavía tenía pendiente una buena dosis de amargura y dolor. Lo mismo ocurre con la fiesta de Año Nuevo: representa la esperanza en el porvenir y el deseo de renovación, pero nada garantiza que el cambio arbitrario de nomenclatura se traduzca en algo concreto. Unos y otros rituales no son sino símbolos de esos deseos, pero también son ocasión de trascender un poquito las barreras de nuestro narcisismo y extender nuestras esperanzas al ámbito de los otros. Nos abrazamos, compartimos la comida y repetimos como mantra que ojalá el año que viene esté colmado de bendiciones.

Somos seres atados a la ilusión del tiempo y tendemos a poner límites arbitrarios a esa ilusión y aunque puesto así parezca ser un despropósito, yo veo en ese esfuerzo un ánimo constantemente renovador. Envejecer no es una mala cosa, si se acepta el sufrimiento como parte irrenunciable de la vida y que con él también viene la sabiduría, si prestamos atención.

A quienes me leen: les deseo un año en el que vean sus fuerzas renovadas y sepan encausarlas hacia la compasión. Que sepamos tomarnos de la mano para transitar juntos por la oscuridad y ofrezcamos a los viajantes momentos de paz en torno al fuego. Que seamos más ‘nosotros’ y un poco menos ‘yo’. Que demos pasos hacia la paz.

Escenas citadinas: Generosidad

Salí tarde de trabajar y seguía lloviendo. En esta ciudad eso significa que mi camino de regreso sería más largo de lo usual: el Metro demoraría más, estaría más lleno y la gente, desde luego, estaría de peor humor. Las noticias en el mundo tampoco eran nada alentadoras. Donald Trump, el candidato que nadie de este lado quiere ver despachando en la Casa Blanca, iba arriba en los conteos y todo parecía indicar que sería el ganador. Un poco en broma, un poco en serio, todo mi feed de Twitter hablaba de un mundo que se acababa.

Cansado y hambriento, compré una bolsita de papas fritas con salsa, limón y chile. El pequeño puesto que me la vendió estaba atendido por dos chicos que no rebasaban los dieciséis años. Discutían tan acaloradamente que el que me atendió no se detuvo siquiera a preguntar si quería salsa o cuánta —como es costumbre—. Sólo tenía oídos para su propia furia.

Estos últimos días han estado llenos de sinsabores. Como el chico de las papas, yo tampoco tenía cabeza para otra cosa que no fueran mis propios problemas. Pensaba en eso cuando de pronto me di cuenta que había un vago a mi lado. No sé qué cara le puse, pero apenas intercambiamos miradas y decidió irse a otra parte del vagón. Lo observé con atención. Su ropa estaba desgastada y rota, como es de esperar, pero se notaba que trataba de cuidar su aspecto. Llevaba el cabello corto y la barba sólo ligeramente desaliñada. Cargaba sus pertenencias en dos bolsas de plástico y una mochila de ésas que solía regalar el Partido Verde Ecologista.

A los pocos minutos noté que esta intercambiando palabras con alguien. Se trataba de otro hombre. Corpulento, con anillos gruesos en las manos. Era un hombre como de cincuenta años. Se acercó al vago para decirle algo y darle una moneda. Siguieron conversando. Ese solo hecho me predispuso en su favor: casi nadie suele dedicar tiempo a conversar con un compañero de viaje, mucho menos si éste va vestido de harapos. Incluso me sentí avergonzado: sólo unos minutos antes, mi expresión lo había ahuyentado de mi lado.

De pronto, el hombre de los anillos se descalzó y le ofreció al vago sus zapatos. El vago me miró, sabiendo que yo había estado contemplando la escena. No sé qué cara le puse, pero sonrió y su gesto me decía algo como “¿qué te parece este loco?”. Le sonreí de vuelta y me quité los audífonos. Lo escuché negarse a recibirlos. “Noooo, ¿cómo se va a ir usted así? Además, ¿qué tal que no me quedan?”. El hombre de los anillos insistió, pero al ver que iba a ser una negociación difícil, optó por no darle opción. Se despidió rápidamente y así, descalzo, se bajó en la primera estación que siguió. Quién sabe si sería la suya. Estupefacto, el vago sólo tomó los zapatos en sus manos y siguió mirando a la ventana.

En casa, Twitter siguió hablando del terror que causaba la, ahora sí más segura, victoria de Donald Trump. Yo seguí pensando en la escena que tuve oportunidad de presenciar. Qué pequeños se ven mis problemas junto a eso. Qué absurdo parece el mundo frente a un gesto simple como el de quitarse los zapatos. Concluí lo siguiente: en tanto esa clase de generosidad no muera, aún hay esperanza. Quiero tener fe.

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No somos inmortales, pero somos eternos

En su ensayo sobre la guerra y la muerte, Freud expuso la idea de que, inconscientemente, nos sabemos inmortales. Para él, la propia muerte es esencialmente impensable. No es que no podamos entenderla racionalmente; desde que atestiguamos la muerte de otros, sin importar el cuento mágico con que se nos consuele, sabemos que el vacío que deja la muerte es uno que no vuelve a ser ocupado de ninguna manera; pero, para nosotros, la propia muerte sigue siendo una experiencia inimaginable.

Lo inconsciente es un ámbito que no conoce tiempo o espacio. Si no podemos representarnos la experiencia de morir, tampoco podemos imaginar cabalmente un mundo anterior o posterior a nosotros. Si lo hacemos, nuestro papel es parecido al de los fantasmas: una forma de existencia que persiste, aunque no sea vista u oída, pero que continúa siendo espectador de todo cuanto acontece. Lo inconsciente, irrepresentable, no conoce tiempo o espacio y la muerte tampoco.

Quizá lo mismo ocurra con otras formas de duelo. Cuando una relación acaba, el otro sigue existiendo en nuestro interior como objeto representado; revivido constantemente bajo la forma de sentimientos, sensaciones y recuerdos. Las canciones, los lugares, las películas; cualquier cosa que pueda conservar el vínculo activo permite que el objeto representado continúe existiendo con todas las características que ha tenido siempre, cuando menos en lo que a nosotros concierne.

Por eso, visto desde el otro lado, dejar el lugar que ocupábamos en la vida de alguien también es impensable. Así como no podemos imaginar nuestra muerte sin ser, cuando menos, sus espectadores, tampoco podemos representar nuestra ausencia. Esa es la razón por la que duele tanto darnos cuenta de que nuestro lugar ha sido ocupado por otra cosa; como cuando se visita la casa de los padres sólo para encontrar la habitación que sentimos propia, transformada en bodega. Es la demostración de que la vida no se detiene ni siquiera en nuestra ausencia, que los objetos no quedan en pausa cuando dejamos de mirarlos y que las personas para quienes algo hemos significado pueden, de hecho, encontrarnos reemplazos. En lo inconsciente, las cosas se quedan tal como las dejamos y descubrir que no ha sido así constituye un choque con la realidad. Es verdad: la vida sigue.

¿Recuerdan esa escena de El Rey León en la que Simba se reencuentra con su padre? Para el joven león la vida había cambiado mucho desde la tragedia en el cañón. Vivía en otro lugar, había hecho nuevos amigos y creyó de verdad que había dejado todo atrás (¡hasta su preciada dieta carnívora!). Pero Mufasa siguió viviendo en él, que es una manera de decir que los afectos siguieron intactos y las experiencias compartidas nunca se borraron. Mufasa seguía siendo representable aun después de muerto y eso es un efecto de la eternidad con la que lo inconsciente opera.

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La vida sigue, es verdad, pero en lo inconsciente las cosas perduran eternamente, bajo otra forma. Si nos buscamos en los demás, seguramente nos encontraremos; del mismo modo que encontramos a los otros en nuestro interior. Esto es una verdadera ventaja: estamos a tiempo de ofrecernos disculpas y aprender las lecciones del pasado. Estamos a tiempo de volver a los lugares del pasado y construir nuevas realidades. Estamos a tiempo de caminar hacia el futuro llevando con nosotros los tesoros de nuestra experiencia. Como cuando Antoine de Saint-Exupéry dedicó El Principito a su mejor amigo, cuando era niño: le habló al niño que aún vivía en el corazón del adulto y, con eso, todos los niños que nosotros aún somos nos sentimos identificados.

Sólo cuando hayamos muerto de verdad y haya sido olvidado todo vestigio de nuestra existencia, nada de esto importará más. Pero hasta entonces, somos eternos.

El mejor invento del diablo es convencer al mundo de que todos somos diabólicos

No fui precavido y no tuve más remedio que formarme en la fila de la taquilla. Eran las ocho de la noche y mucha gente esperaba su turno para recargar sus tarjetas o comprar sus boletos para abordar el Metro. La taquilla tenía tres ventanillas, pero sólo una estaba abierta. Las otras dos tenían un aviso con letras grandes que parecía estar ahí desde siempre: “Sin servicio. Gracias por su comprensión”.

El resto del viaje noté muchas cosas que requerían de esa comprensión nunca solicitada, pero de antemano agradecida: la escalera eléctrica no servía, los trenes pasaban con una frecuencia lastimosa, algunos pasillos apestaban a orines y basura, etcétera. Pensé en la profunda agresión pasiva que hay detrás del gracias por su comprensión. ¿Y qué si no me da la gana comprender que hacen tres ventanillas para que salgan en los periódicos el día de la inauguración, pero realmente sólo piensan abrir una? ¿Y qué si no me siento con ánimos de comprender que la gente a veces ha bebido de más y se le hace fácil orinar en un pasillo donde diario transitan miles de personas? ¿Y qué si no se me antoja comprender que la escalera eléctrica no sirva dejando a todos los que no tienen otra que andar con muletas subiendo los peldaños a brinquitos? ¿Es que nadie toma en serio esas cosas?

“No es que esté de acuerdo, pero así es la realidad”, me dicen algunos. Todos sabemos que cuando La Realidad se impone no hay nada que hacer, que las cosas que pertenecen a ese ámbito son inevitables como la muerte. Pero yo discrepo. Creo que lo que ocurre en el fondo de todas esas cosas tiene poco que ver con lo inevitable y mucho más con una ubicua inmadurez que, a falta de una mejor palabra, llamaré “no tomarse en serio”.

En mi diccionario, tomar en serio algo consiste en aceptarlo como una realidad. Es lo que hago siempre que reseño algún anime o película: acepto sus premisas y las exploro como si se tratara de realidades concretas, lo que a veces da lugar a reflexiones interesantes. En el ejemplo que me ocupa, tomar en serio al Metro consiste en reconocerlo como lo que es: un sistema de transporte urbano cuya misión es facilitar la movilidad. Para eso están los trenes, pero también las escaleras eléctricas que, si bien las usamos todos, son mucho más necesarias para quienes tienen dificultades para caminar o sostenerse en pie y eso también es movilidad.

Hace unos años enseñé psicología en uno de esos ‘Programas Ejecutivos’. La idea de éstos es “ofrecer educación superior” a quien no tiene tiempo —o no lo tuvo— de estudiar una licenciatura en sistema escolarizado. Sin embargo, pocos lo tomaban en serio; para la mayoría era un mero trámite para obtener un título. No les interesaba aprender ni siquiera los rudimentos de la disciplina en la que planeaban licenciarse; lo que querían es un grado académico que pudieran presumir. Poseerlos, desde luego, ya no significa que uno sepa algo sobre lo que se supone que sabe y de ahí se sigue que a los grados académicos ya nadie los toma en serio; se convirtieron en un trámite más.

En nuestra cultura los trámites tienen su propia lógica: rara vez son un proceso en el que uno expone lo que desea y demuestra que cumple los requisitos para conseguirlo; a lo sumo son la prueba de que uno es lo bastante aguantador como para transitar numerosos graciasporsucomprensión. Y, pensándolo bien, quizá esa sea la única cualidad que realmente se busca: la de que podemos aceptar cualquier irracionalidad y entenderla como parte de La Realidad.

No estoy de acuerdo con quienes afirman que la nuestra es una cultura de la corrupción: sólo en la definición más básica puede compararse la mordida al policía de tránsito con la fundación de una empresa fantasma. No parten siquiera de la misma motivación. No somos corruptos porque queramos sacar provecho: lo somos porque a veces no hay otra alternativa y la repetición de situaciones que nos orillan a ello acaban por naturalizar esa conducta. Es mentira que el que no tranza no avanza. Nadie se hace rico dándole pa’l chesco al de la ventanilla, pero a veces sólo así logra ampliar un poquito su margen de acción. El mejor invento del diablo es convencer al mundo de que todos somos diabólicos.

Propongo que tomemos las cosas más en serio. Que nuestros maestros enseñen, nuestros alumnos estudien, nuestros vándalos destrocen cosas y nuestros policías los arresten por hacerlo. Que nuestros medios de transporte público hagan su mejor esfuerzo para llevarnos de un lugar a otro y nuestros gobiernos para gobernarnos. Basta de simulaciones. La nuestra es una cultura de la supervivencia y hágale como quiera, pero no tiene por qué seguir siendo así.

Gracias por su comprensión.