El mejor invento del diablo es convencer al mundo de que todos somos diabólicos

No fui precavido y no tuve más remedio que formarme en la fila de la taquilla. Eran las ocho de la noche y mucha gente esperaba su turno para recargar sus tarjetas o comprar sus boletos para abordar el Metro. La taquilla tenía tres ventanillas, pero sólo una estaba abierta. Las otras dos tenían un aviso con letras grandes que parecía estar ahí desde siempre: “Sin servicio. Gracias por su comprensión”.

El resto del viaje noté muchas cosas que requerían de esa comprensión nunca solicitada, pero de antemano agradecida: la escalera eléctrica no servía, los trenes pasaban con una frecuencia lastimosa, algunos pasillos apestaban a orines y basura, etcétera. Pensé en la profunda agresión pasiva que hay detrás del gracias por su comprensión. ¿Y qué si no me da la gana comprender que hacen tres ventanillas para que salgan en los periódicos el día de la inauguración, pero realmente sólo piensan abrir una? ¿Y qué si no me siento con ánimos de comprender que la gente a veces ha bebido de más y se le hace fácil orinar en un pasillo donde diario transitan miles de personas? ¿Y qué si no se me antoja comprender que la escalera eléctrica no sirva dejando a todos los que no tienen otra que andar con muletas subiendo los peldaños a brinquitos? ¿Es que nadie toma en serio esas cosas?

“No es que esté de acuerdo, pero así es la realidad”, me dicen algunos. Todos sabemos que cuando La Realidad se impone no hay nada que hacer, que las cosas que pertenecen a ese ámbito son inevitables como la muerte. Pero yo discrepo. Creo que lo que ocurre en el fondo de todas esas cosas tiene poco que ver con lo inevitable y mucho más con una ubicua inmadurez que, a falta de una mejor palabra, llamaré “no tomarse en serio”.

En mi diccionario, tomar en serio algo consiste en aceptarlo como una realidad. Es lo que hago siempre que reseño algún anime o película: acepto sus premisas y las exploro como si se tratara de realidades concretas, lo que a veces da lugar a reflexiones interesantes. En el ejemplo que me ocupa, tomar en serio al Metro consiste en reconocerlo como lo que es: un sistema de transporte urbano cuya misión es facilitar la movilidad. Para eso están los trenes, pero también las escaleras eléctricas que, si bien las usamos todos, son mucho más necesarias para quienes tienen dificultades para caminar o sostenerse en pie y eso también es movilidad.

Hace unos años enseñé psicología en uno de esos ‘Programas Ejecutivos’. La idea de éstos es “ofrecer educación superior” a quien no tiene tiempo —o no lo tuvo— de estudiar una licenciatura en sistema escolarizado. Sin embargo, pocos lo tomaban en serio; para la mayoría era un mero trámite para obtener un título. No les interesaba aprender ni siquiera los rudimentos de la disciplina en la que planeaban licenciarse; lo que querían es un grado académico que pudieran presumir. Poseerlos, desde luego, ya no significa que uno sepa algo sobre lo que se supone que sabe y de ahí se sigue que a los grados académicos ya nadie los toma en serio; se convirtieron en un trámite más.

En nuestra cultura los trámites tienen su propia lógica: rara vez son un proceso en el que uno expone lo que desea y demuestra que cumple los requisitos para conseguirlo; a lo sumo son la prueba de que uno es lo bastante aguantador como para transitar numerosos graciasporsucomprensión. Y, pensándolo bien, quizá esa sea la única cualidad que realmente se busca: la de que podemos aceptar cualquier irracionalidad y entenderla como parte de La Realidad.

No estoy de acuerdo con quienes afirman que la nuestra es una cultura de la corrupción: sólo en la definición más básica puede compararse la mordida al policía de tránsito con la fundación de una empresa fantasma. No parten siquiera de la misma motivación. No somos corruptos porque queramos sacar provecho: lo somos porque a veces no hay otra alternativa y la repetición de situaciones que nos orillan a ello acaban por naturalizar esa conducta. Es mentira que el que no tranza no avanza. Nadie se hace rico dándole pa’l chesco al de la ventanilla, pero a veces sólo así logra ampliar un poquito su margen de acción. El mejor invento del diablo es convencer al mundo de que todos somos diabólicos.

Propongo que tomemos las cosas más en serio. Que nuestros maestros enseñen, nuestros alumnos estudien, nuestros vándalos destrocen cosas y nuestros policías los arresten por hacerlo. Que nuestros medios de transporte público hagan su mejor esfuerzo para llevarnos de un lugar a otro y nuestros gobiernos para gobernarnos. Basta de simulaciones. La nuestra es una cultura de la supervivencia y hágale como quiera, pero no tiene por qué seguir siendo así.

Gracias por su comprensión.

La culpa es del neoliberalismo

Cada vez son más las voces que lo señalan: la ideología que subyace en el fondo de nuestro sistema económico es la fuente de todos nuestros males. A ella debemos la siempre acechante crisis económica, el cada vez más acelerado calentamiento global, las más recientes guerras y, para George Monbiot, también es la fuente última de nuestra generalizada crisis de salud mental.

El neoliberalismo es una ideología que valora al individuo muy por encima de la comunidad: insiste en que seamos dueños de nosotros mismos, que persigamos nuestros sueños y metas sin importar qué (o quién) se nos ponga en frente. Expresiones de la psicología popular como aquella de que ‘el Universo conspira a tu favor‘ o ‘el Poder del Pensamiento Positivo‘ contribuyen a esta ideología dando a entender a sus numerosos seguidores que sus deseos pueden estar por encima de los de otros y que eso está bien.

El mito que fundamenta al menos una parte de este sistema es el siguiente: si tú te levantas temprano todos los días y trabajas muy duro, aunque seas pobre puedes llegar a ser rico. Con el tiempo podrás comprar tu propia casa, que luego será patrimonio de tus hijos, y gozarás de un retiro cómodo que será tu recompensa final. Mi madre solía decir que nuestra única obligación (de mi hermano y mía) era estudiar porque ahí estaba la vacuna para todas las frustraciones. La opinión más extendida era que uno no era nadie si no podía ser llamado licenciado sin sentir vergüenza y que ése solo título traía consigo honor y gloria a quien lo ostentase. Obtener esos títulos, desde luego, se sigue considerando como una especie de proeza que, como la de todo héroe, se hace en solitario; sudando sangre y bebiendo lágrimas.

La realidad, no obstante, cada vez nos muestra que las cosas no funcionan así. Se dice que la nuestra es la generación mejor educada de la historia y la peor pagada. Y si eso no bastara, la competencia es cada vez más dura: los continuos avances tecnológicos hacen obsoletas muchas de las cosas que hacíamos a un ritmo nunca antes visto y las generaciones que nos siguen siempre estarán a la vanguardia. Cada vez somos menos los que deseamos procrear y aunque nos decimos que es porque no queremos lanzar a un mundo tan hostil a criaturas tan indefensas, quizá sea un inconsciente mecanismo de defensa: así reducimos a la competencia.

Nuestros sueños cambian. Aunque poder jactarse de tener un espacio propio sigue siendo una de nuestras metas, en la realidad nos bastamos con poder alquilar una habitación en una bonita zona de la ciudad, rogando que nuestros roomies no sean tan indolentes. Convivimos por obligación. No hay libertad para los introvertidos: quien no hace relaciones públicas no vende. Exitoso es el que no tiene que salir los viernes para andar de quedabién; es el que puede elegir ponerse la pijama a las 7 y quedarse dormido viendo Netflix. Feliz no es el que se sienta satisfecho con la vida que lleva sino el que pueda pagarse los antidepresivos, los ansiolíticos, el psicoanalista, las clases de yoga y de meditación sin que se le descomponga el presupuesto. Quizá por eso es que el sueño del millennial no es poseer un terruño sino costearse un viaje de búsqueda espiritual a los Himalayas.

Sólo eso tendría que hacernos reconsiderar nuestra ideología, pero el mito se transformó en otra cosa todavía más extraña: la de que uno mismo bloquea su capacidad para la riqueza. Y somos tan narcisistas que de verdad llegamos a creerlo.

Los datos, sin embargo, muestran una realidad muy difrente: la riqueza por la que nosotros y las generaciones que nos precedieron trabajamos tan duro está en manos de muy poquita gente. Curiosamente, alguna de esa gente cree también en el mito: no hace mucho Donald Trump atribuyó su éxito económico a su astucia, como si sólo eso lo hubiese colocado en el lugar en el que está y no a pertenecer a la clase privilegiada desde su nacimiento.

En cuanto a mí, no sé qué podamos hacer para cambiar este sistema. Sólo se me ocurre que ir abandonando estas mentiras que tanto tiempo llevamos creyendo es un buen primer paso.

Para saber más:

Requiem for the American Dream [YouTube]

I’m in the business of listening

Es fantástico lo que puede ocurrir cuando das a alguien un espacio para expresarse.

No es secreto para nadie que lo que a mí me gusta es conocer historias. Quizá por eso estoy en el negocio del psicoanálisis: se puede decir lo que sea de esa teoría —y su consecuente práctica—, pero es la que más ha enfatizado el hecho simple de que lo que a veces hace falta es alguien que esté ahí, dispuesto a renunciar un poco a sí mismo para dar a otro el espacio para mostrarse y contar su historia. A eso se refería Freud cuando dijo que el psicoanálisis es una cura a través del amor. Escuchar con atención es olvidarse un poquito de sí.

En ese olvido no hay ningún sacrificio. Es fantástico lo que puede ocurrir cuando das a alguien un espacio para expresarse. La vida diaria y sus constantes demandas nos ponen a todos en situación semejante a la de una planta en maceta: bella, sí, pero reducida a un pequeño territorio. El espacio terapéutico es uno en el que lo que se busca es un florecimiento que trascienda esos límites. Un lugar en el que es posible estirar un poco las ramas y reconocer las espinas y el alcance de los pétalos. Un ámbito en el que podamos embriagarnos de nuestro aroma y, como la rosa del Principito, enamorarnos un poquito de lo que vemos en el espejo y saber que somos únicos en el universo; pero no porque nos distinga un código genético o una circunstancia dada, sino porque somos nosotros y nadie más.

 En el negocio de la escucha aprendemos todos. Yo aprendo a reconocer lo que de humano hay en todo lo que hacemos, a entender antes que juzgar, a no aceptar las verdades como absolutas y a ver la vida como algo que ocurre todos los días. El otro aprende a escuchar su voz, a interpretar su dolor, a encontrarse en el bosque de la confusión, a reconocer la verdad que se esconde detrás de sus mentiras y a ver la vida como algo que ocurre todos los días. Aprendemos, pues, que no sólo el Diablo se esconde en los recovecos, sino también Dios.

El bello Japón y yo

En primavera, flores de cerezo; en verano, el cuclillo.
En otoño la luna y en invierno, la nieve clara, fría.

-Dogen

Llegué hace un año. Todavía se sentía el calor del verano, pero las hojas de los árboles empezaban a dejar el verde para tornarse amarillas o rojizas. Entre sus ramas podían verse magníficas telarañas.

Tsukuba, la ciudad en que viví todo este tiempo, está en la prefectura de Ibaraki, en la parte norte de la llanura de Kanto. A sesenta kilómetros se encuentra Tokio, la gran metrópoli. La línea de tren que nos conecta debe atravesar terrenos de dos prefecturas más —Saitama y Chiba— antes de llegar aquí. Es una ciudad tranquila y reciente, pero típicamente japonesa. Es limpia, ordenada y comprensible. Aunque hay muchos de esos edificios modernos, prefabricados e uniformes que se ven en casi todos lados, si uno camina un poco más se encuentra con casas de madera rodeadas de campos de arroz y pequeñas arboledas. En esta ciudad sopla un viento constante que viene desde la cumbre de monte Tsukuba y alivia un poco el sopor del verano, pero cala los huesos en invierno.

Costó trabajo adaptarme. Mi habitación era pequeña y el edificio viejo y sucio. El cielo sabe que no soy la persona más cuidadosa con el orden y la limpieza, pero encontrar una cucaracha muerta entre mi ropa recién lavada fue mucho más allá de cualquiera de mis expectativas.

Me reencontré con la bicicleta. Años habían pasado desde la última vez que montaba una, pero es verdad que la técnica es difícil de olvidar. No bien pude montarla otra vez, ya me había comprometido a viajar en ella al pueblo más cercano, Tsuchiura, para presenciar una competencia de fuegos artificiales. No hice sino retrasar a la comitiva, pero fueron lo bastante amables como para no burlarse de mi técnica oxidada y mis piernas débiles.

El espectáculo aquel día fue maravilloso. El cielo se llenó de luces que danzaban al ritmo de una música cuidadosamente seleccionada, aunque opacada de tanto en tanto por el ruido de las explosiones. Hombres y mujeres, muchos engalanados con yukata, miraban al cielo impresionados. Otros, aficionados a la fotografía, se empeñaron en lograr las mejores tomas. Todo el lugar olía a comida y estaba inundado de risas y murmullos alegres. Quizá fue el primer momento en que fui consciente de que pasaría un año aquí; que esta sería mi casa un tiempo.

Habitar un lugar es vérselas con lo cotidiano. Levantarse, asearse, preparar un desayuno y salir a hacer cualquiera que sea la cosa que justifica esa misma cotidianeidad. Ganarse la vida, como nos gusta decir. En mi caso, hace algunos años que mi actividad principal se ha centrado en estudiar. Antes fue psicología y psicoanálisis; ahora es Japón y los vericuetos de su lengua, historia y cultura.

Ir a la universidad todos los días y estudiar una lengua con compañeros de todo el mundo me hace pensar en lo hermosa que es la diversidad humana y lo improbable que es que lleguemos a entendernos del todo. Para todos mis compañeros el japonés es una lengua extraña y el único terreno común —el inglés—, no lo era menos. Quizá por eso la tendencia general fue siempre buscar refugio entre quienes hablaban nuestra lengua natural, como si se tratara de una misma madre que nos cobijara a todos.

Este es un país lleno de gente y, sin embargo, es también muy solitario. Quizá como turista no se siente tanto: todo es tan nuevo y brilla tanto que no puede sino alborozar los sentidos. Pero andar solo en el anonimato de Tokio, rodeado por taciturnos oficinistas concentrados en las pequeñas pantallas de sus celulares puede ser desolador.

En el imponente cruce de Shibuya o a través de las calles centrales de Akihabara, Ginza o Shinjuku, las luces brillantes y los coloridos anuncios crean la impresión de estar siempre ante un mundo recién descubierto. Debajo de todo eso, sin embargo, están los mismos edificios de siempre, uniformes y monótonos, tan parecidos entre sí que si se los despojara de sus atuendos deslumbrantes nos encontraríamos extraviados como en un bosque oscuro. La ciudad siempre cambia y siempre es la misma.

Quizá sea esa la razón por la que mi corazón prefiere visitar los lugares sagrados. Hechos todos de madera y papel, una gran parte de ellos ha sucumbido al fuego, a la guerra o al tronar de la tierra sólo para volver a levantarse y seguir atestiguando el devenir de esta gente fascinante. Aunque están dedicados a lo divino, a mí suele interesarme más lo que develan de lo humano. Ver, por ejemplo, el pequeño templo al que Yoshimasa dedicó sus mejores energías, con su balcón que da la espalda a la ciudad en llamas, me recuerda que el más poderoso de los hombres no suele ser el más generoso, pero también que del árbol del egoísmo a veces nacen frutos preciosos que lo trascienden.

Para mí el Domo de la Bomba Atómica de Hiroshima también es un lugar sagrado. Fue testigo de un horror que la humanidad nunca antes había visto, pero sí imaginado, planeado y desarrollado. Me recuerda que en el mundo hay mucha gente que cree que tiene derecho de pasar por encima de la vida de los demás, pero también que la vida sabe cómo imponerse a la catástrofe. A su alrededor el río vuelve a correr, los árboles han vuelto a crecer y la gente se reúne en la rivera para mirar los cerezos florecer. No lejos de ahí, en los campos que fueron del viejo castillo feudal, hay dos árboles que sobrevivieron y todavía hoy reverdecen. Nuestra mente de metal y engranes no les robó un ápice de su impulso vital.

Esta tierra está llena de historias y yo soy de esos a quienes les gusta sentarse junto al fuego para escucharlas: el relato del hombre que año tras año ve caer los pétalos de cerezo y los copos de nieve mientras piensa en un amor que le fue robado en la infancia; el cuento del poderoso líder guerrero que incendió una montaña para ganar una guerra y luego perdió la vida rodeado de llamas avivadas por un traidor; la historia del hombre que prefirió destruir a un amigo antes que ceder lo que creía suyo y pagó con remordimientos su vida entera; la del chico abusivo que buscó redimirse aprendiendo a hablar el lenguaje silencioso de quien había sido su víctima… Todas ellas esconden secretos que siempre intento desentrañar, no sólo por lo que me dicen de ellos, sino por lo que me enseñan sobre mí mismo.

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No sé mucho del mundo y aprendo despacio. Japón ha sido un maestro paciente y, por eso, siempre le estaré profundamente agradecido.

Lo que no podemos perdonar: Mexicanos al grito de ¡gorda!

Estoy tratando de entender qué es lo que hay detrás del hecho de que cientos de mexicanos critiquen a una gimnasta mexicana por ‘ser gorda’. Los datos duros no los apoyan: la señalada pesa 45 kilogramos y mide 150 centímetros de estatura.

Como suele ocurrir en Internet, a las críticas siguieron —casi inmediatamente— las defensas. Una de las más llamativas vino de Uriel Adriano, mexicano, dos veces campeón mundial en Tae Kwon Do:

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Es obvio que su defensa es visceral, fundamentada en un compañerismo que no es difícil esperar entre miembros de un mismo gremio. No sobra decir que este gremio —el de los deportistas— sólo está sometido a este nivel de exposición lo que dura la temporada olímpica y el resto del ciclo permanece oculto en un rincón de la consciencia pública. Tampoco está de más recordar que al presupuesto que cada año se destina a sustentar la preparación de esos mismos atletas le ocurre más o menos lo mismo, con el agravante de que ponerse a revisar números es una cosa mucho más ardua que sentarse a mirar la televisión y que, encima, se trata de una actividad que pocos hacemos aun tratándose de lo propio.

Con esto no quiero decir que los atletas dedican sus mejores esfuerzos a (mal)gastar el dinero que los mexicanos destinamos a la promoción del deporte. Es una posibilidad, desde luego, pero a mí no me consta. Al contrario, a juzgar por sus desempeños, es claro que algún tiempo han dedicado a los entrenamientos y me atrevería a decir que muy probablemente son, de verdad, nuestros mejores exponentes en sus disciplinas.

Tampoco quiero decir que ese dinero se ha invertido con justicia o inteligencia. La experiencia nos muestra que esto no suele ser así: la corrupción abarca amplios niveles de nuestra burocracia y el deporte no ha sido la excepción. Pero algo me dice que esto no se trata sólo de dinero.

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La anterior es una de las muchas respuestas que recibió Uriel Adriano. La elegí porque, creo, es de lo más reveladora: al calificarlos como mediocres asume que los atletas acuden a las justas sin objetivos —al ái se va— y le recuerda que su papel es el de representar al país (entiéndase, a los mexicanos), no a sí mismos. En otras palabras, que si gana es un triunfo para los mexicanos y si pierde, es una derrota personal, producto de su egoísmo y mediocridad.

No se le ocurre pensar que hay una tercera alternativa: que las derrotas también nos representan. No digo esto como una manera indirecta de aseverar que el mexicano es mediocre por naturaleza. Lo que digo es que, al dar a los atletas el rol de proxy, se deposita en ellos la propia vanidad y, por eso, la humillación imaginaria que conlleva la derrota es tan intolerable que no queda otra que rechazarla.

Así es como Alexa Moreno se convierte en ‘la gorda’. No es que objetivamente lo sea, es que se le transfiere esa imagen (con todos los prejuicios que de ella derivan) para que así sea más fácil humillarla como castigo por hacernos pasar vergüenzas.

Extra: ¿recuerdan al Hugo Sánchez que fue bicampeón con Pumas? Siempre dejó en claro que ese éxito era suyo y de su plantel; no permitió que nadie más se apropiara de lo que había ganado en pleno derecho. Privó a tantos de la satisfacción de subirse al tren de los ganadores, que fue tachado de antipático y ególatra. Quizá por eso, cuando fracasó como entrenador de la Selección, hubo tanto regocijo. Eso le pasa por mamón.

Hiroshima

Al pie del altar puede leerse una promesa:

Descansen en paz, pues el error no volverá a cometerse.

Es el Parque de la Paz, en Hiroshima. Construido alrededor del punto en el que hace 71 años estalló la primera bomba atómica de la historia, este jardín alberga diversos monumentos que honran la memoria de quienes murieron esa mañana de agosto. De los edificios de entonces sólo quedan las ruinas del hoy llamado Domo de la Bomba Atómica, un edificio que solía dedicarse a la promoción de la industria de la ciudad. Hoy promueve el desarme nuclear.

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En una de las esquinas del parque está el Museo. Es uno de los pocos que permiten tomar fotografías a toda su colección, pero no son muchos quienes se atreven a sacar su cámara. No debe extrañarnos: lo que este museo reúne son los harapos dejados por niños, niñas, hombres y mujeres que esa mañana perdieron la vida como resultado de la explosión. Relojes deshechos. Imágenes de budas partidas por la mitad. Latas y botellas achicharradas. Algunas de las grullas de papel que Sadako dobló esperando que se cumpliera su deseo de sanar. El museo se esfuerza en no deshumanizar a las víctimas: cada una de sus reliquias va acompañada de su historia, siempre que haya podido reconstruirse. Tampoco es ambiguo al momento de repartir responsabilidades: Estados Unidos lanzó la bomba, pero Japón inició esa guerra.

No obstante, todavía el día de hoy se debate el significado de este acontecimiento. Hay quienes respaldan la decisión del presidente Truman. De acuerdo con ellos, las bombas salvaron miles de vidas que se habrían perdido como resultado de la invasión al territorio japonés donde, como un resabio de la cultura samurái, el ejército y la población nipona se defendería hasta la extinción. Otros afirman que se trató de un experimento científico y, simultáneamente, de una maniobra política: la efectividad y capacidad destructiva de la bomba sería un llamado de atención a los líderes de la Unión Soviética; una clara afirmación de superioridad por el lado estadounidense, que aspiraba a emerger como poder hegemónico tras la guerra. No son pocos quienes señalan que, de acuerdo con los números, las bombas atómicas no fueron más destructivas o más mortales que los bombardeos sistemáticos que la Fuerza Armada de los Estados Unidos realizó a lo largo de todo el territorio japonés durante la primavera de 1945 ni que, en todo caso, Japón se lo buscó ordenando en primer lugar un ataque al puerto de Pearl Harbor. Quizá nunca se llegue a una conclusión definitiva, pero creo que es indiscutible que esos bombardeos ayudaron a definir el orden del mundo como lo conocemos ahora.

Desde lo alto de los grandes acontecimientos de la historia es fácil racionalizar: todos los argumentos políticos, estadísticos y especulativos pueden reducirse a que se trataba de una guerra y las guerras son así. Freud ya lo decía: traemos inscrito en nuestra naturaleza un instinto asesino. La racionalización nos sirve para aceptar este hecho como si no representara una derrota de todo lo que defendemos como humano. Como si, por tratarse de una guerra, fuera válido suspender todo juicio moral y reducirnos una vez más a la ley del más fuerte.

En mi más reciente visita al museo escuché decir a un hombre: no entiendo cómo dejan entrar aquí a los niños. A mí me parece más incomprensible que seamos capaces de cometer semejantes atrocidades y más aún, que lleguemos a encontrarles justificación. Pero precisamente porque hacemos eso, es necesario mantener la memoria fresca. El objetivo de preservar recintos como ese es el de recordarnos constantemente que nuestra naturaleza suele traicionar a nuestros ideales y que es necesario mantener vivas las historias de quienes nos hablan desde sus tumbas.

Sólo así podrá cumplirse la promesa del altar.

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Mensaje dejado por el presidente Barack Obama en el Museo Memorial de la Paz: Hemos conocido la agonía de la guerra. Encontremos juntos el valor para difundir la paz y crear un mundo sin armas nucleares”.

La resurrección de los cangrejos: apuntes sobre la mexicanidad en el extranjero

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Por razones que no vienen a cuento, he estado pensando en los límites de la identidad. Y es que uno es muchas cosas al mismo tiempo y no siempre es fácil distinguir el lugar en el que se trazan los límites. La anécdota que estoy por relatar es, quizá, uno de esos ejemplos en los que esos límites de los que hablo son tan claramente visibles que no es posible abstraerse de su manifestación. Me refiero a ‘ser mexicano’.

Como recordarán, estoy en Japón. No ha sido mucho tiempo, pero estar lejos de mi puesto de tamales de los domingos, las contingencias ambientales, las manifestaciones en Reforma y mi local de quesadillas y gorditas de chicharrón favorito me convierte en presa fácil de casi cualquier cosa que prometa un vínculo con mi hogar. Con esto en mente, cierto día de mayo salí de mi ciudad para ir a Tokio. La ocasión era un festival en el que, entre otras cosas, habría comida mexicana y, en la noche, un mini concierto de Moderatto, completamente gratis.

Ya en el lugar, era inevitable que nos encontráramos con otra gente conocida y fue momento de ponerse al día. Uno de ellos nos contó que hizo su celebración de cumpleaños en un restaurante de comida mexicana. Fue un poco caro, confesó, Como todos sabemos, conseguir comida que se parezca lo bastante a la mexicana no es cosa fácil acá.

Estábamos en eso cuando se acercó una señora. Era la primera vez que yo la veía, pero, al parecer, es bastante conocida entre los mexicanos expatriados. Tiene cerca de treinta años viviendo en Japón y aparentemente está casada con un japonés, pero no parece hablar el idioma. Es propietaria de un restaurante de comida mexicana. Venía preparada para aprovechar la ocasión de impulsar su negocio; nos repartió algunos volantes de su local e incluso ofreció darnos algún descuento que no especificó. No sé de qué parte de México proviene, pero su acento me indica que de algún lugar del norte.

Como para abrir conversación, el chico le relató nuevamente lo de su cumpleaños: “¡Ay, de haber sabido!”, se lamentó él, quién sabe con qué grado de sinceridad. “No, no te preocupes”, lo consoló ella, “yo conozco bien al dueño de ese restaurante, nos llevamos así, de piquete de ombligo”. A esto siguió un discurso que he oído muchas veces, en otros contextos: “los mexicanos no debemos competir entre nosotros, sino apoyarnos todos porque, desde luego, estamos en una tierra muy lejana y qué mejor familia que nosotros, que compartimos raíces”. Todos asentimos, pero dudo mucho que hayamos estado de acuerdo.

Lo que siguió, sin embargo, fue revelador; ella volvió al tema del restaurante en el que el chico aquel celebró su cumpleaños. Le preguntó que qué tal había estado. “Un poco caro”, dijo él, “pero creo que el lugar tiene buena calidad”. “No es por hablar mal de nadie, ¿eh?”, dijo ella. “Pero si tú me hablas de calidad, ése restaurante no tiene mucha calidad”. Entonces explicó que el restaurante famoso no era, realmente, muy higiénico. “Cualquier día tú te metes en mi cocina y no ves nada sucio, todo bien ordenadito. Ahí está muy sucio. Pero claro, es que sus cocineros no saben, no son mexicanos, este muchacho metió a muchos peruanos”. Hasta ese momento yo ignoraba que los mexicanos teníamos fama de pulcritud, siempre que se nos comparara con peruanos.

Para entonces, el recién cumpleañero ya se sentía un poco ofendido: la mujer no sólo estaba criticando su selección de lugar para su festejo, sino que encima le hacía ver que había sido estafado por unos peruanos imitadores y, además, cochinos.

Por mi parte, debo confesar que estaba disfrutando mucho la escena. Aunque tengo la intención de visitar su restaurante algún día, la señora me cayó mal. Mejor dicho, en México me habría caído mal. La suya era una estrategia de mercadeo que, por un momento, revivió en mi mente a los proverbiales cangrejos de Hugo Sánchez. Creo que ninguno de nosotros es ajeno a ese doble discurso: entre mexicanos debemos apoyarnos, pero el que no tranza no avanza; unidos somos más, pero que chingue a su madre el América; ¡vamos, México!, pero si se va a hacer la voluntad de Dios, que sea en las mulas de mi compadre; etcétera. Así, pues, la señora en cuestión estaba escenificando uno de los rasgos más mexicanos que se me pueden ocurrir (pese a que quizá no nos sea exclusivo) y todo en cosa de unos minutos. Como si tres décadas en Japón le hubiesen hecho lo que el viento a Juárez.

Lo que finalmente me llevó a pensar esto: ante el constante riesgo de ser absorbida por una sociedad que no es la suya, no es impensable que una persona opte, inconscientemente, por endurecer los rasgos de su personalidad que se trajo en la maleta. No es que yo esté de acuerdo, pero así, por lo menos, puede tener constancia de que ella sigue siendo ella misma y sigue viniendo de donde viene. Estoy especulando, desde luego. No obstante, creo que, si ustedes hubiesen visto lo prístino de su mexicanidad, estarían de acuerdo conmigo.

[La imagen que decora esta entrada la robé (cómo no), del blog de Olga Padilla. No la conozco, pero espero que no le moleste el atrevimiento.]