Opinión | Frozen: Falso Feminismo o el Derecho de Equivocarse

Para muchos, Frozen (2013) es una película que representa a las mujeres de una manera pocas veces vista en una obra de Disney: fuertes, decididas, responsables de sí mismas y, sobre todo, con objetivos que no son únicamente el de encontrar el amor en los brazos del Príncipe Encantador. Otros, como este artículo de Dani Colman, no están de acuerdo e incluso acusan que se trata de un caso de ‘falso feminismo’.

Definir qué sí y qué no es verdaderamente feminista es una discusión en la que no tengo el menor interés de entrar y tampoco sabría decir si Frozen es o no realmente feminista. Creo, sin embargo, que es una historia con algunos puntos de interés que son útiles para una discusión sobre feminismo. Vamos por partes.

Elsa es la hija mayor y heredera del trono de Arendelle. Desde muy pequeña mostró una habilidad sobrenatural para crear hielo y a causa de ello, Anna, su hermana menor, sufrió un accidente. Sus padres, temerosos de las calamidades que puedan desprenderse de los poderes de su hija, acuden a los trolls en busca de consejo.

En este punto ocurre uno de los primeros puntos de inflexión de esta historia: el troll explica a Elsa que su poder es bello, pero peligroso. Fear will be your enemy, dice y se refiere, desde luego, al miedo que otros le tendrán. No estaba equivocado; el primero en aterrarse es su padre. Al decretar una política de puertas cerradas, Elsa se convirtió automáticamente en una prisionera por el delito de ser, pero Anna no lo fue menos; sólo su cárcel era un poco más grande.

Durante los años que siguieron, incluso después de la muerte de los padres, las princesas experimentaron distintos tipos de aislamiento. Anna aprendió a anhelar un mundo del que fue privada de pronto y dedicó lo mejor de su energía a mantener su alegría con vida. Elsa, en cambio, interiorizó la sentencia del troll: sólo aprendió a temer al mundo y, sobre todo, a sí misma.

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La coronación de Elsa como reina es el pretexto por el que las puertas y ventanas del palacio, cerradas desde el accidente de Anna, vuelven a abrirse. Anna está ansiosa por respirar aire fresco, conocer el mundo, encontrar el amor y, aunque sólo sea por un día, reencontrarse con su hermana. Elsa, en cambio, está más temerosa que nunca. Como si de un mantra se tratara, Elsa se repite a sí misma las palabras que una vez le dijo su padre: Don’t let them in. Don’t let them see. Conceal. Don’t feel. Be the good girl you always have to be.

Como es de esperarse, las cosas no resultan bien. La avidez e ingenuidad de Anna se traducen en un atolondrado compromiso matrimonial con el príncipe Hans[1], a quien recién ha conocido. Al ser rechazada (una vez más), Anna no pudo sino sentir todo el peso de tantos años de distancia y no dudó en recriminárselos. Ignoraba, desde luego, que para Elsa el aislamiento había sido aún más difícil. Ante la mirada aterrada de sus súbditos, el desconcierto de Anna y las acusaciones del ambicioso duque de Weselton, Elsa por fin cede a su propio miedo y huye a la montaña.

La secuencia musical que ilustra lo que siguió es, sin temor a equivocarme, el aspecto más conocido y recordado de la película. Es, también, uno de los más interesantes. Algunos han interpretado Let it go como un himno de liberación, como el momento en el que Elsa reclama su lugar en el mundo.

Y es verdad: la canción tiene algo de liberadora. Por una vez en su vida, Elsa se permite ridiculizar las advertencias de su padre y tomar distancia de sus antiguos temores, lo que rápidamente se manifiesta en su control sobre el hielo: construir una escalinata perfecta, un castillo precioso, un vestido sexy; todo pareció posible por un momento[2]. La niña buena desapareció, es cierto; pero Elsa no fue realmente más libre. Sólo cambió una prisión por otra.

El hielo es un extraordinario símbolo de su temor. Si bien el breve momento de liberación de Let it go le permitió crear maravillas, la visita de Anna fue un duro golpe de realidad. Su hermana llegó a ofrecerle su ayuda, comprensión y compañía, pero Elsa ni siquiera la escuchó; sólo tenía oídos para su miedo.

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Por su parte, Anna nunca dejó de creer en ella. Su postura es notable pues, si bien ella no sabía nada sobre los poderes o las razones de su hermana, eso no le impidió reconocer su parte de responsabilidad en el asunto. A lo largo de la película Anna toma muchas decisiones, varias de ellas equivocadas. La que más se le recalca es, ciertamente, el apresurado compromiso con Hans, que casi termina costándole la vida a ambas. Su disposición a confiar en los demás es, simultáneamente, su principal defecto y su mayor fortaleza. Anna cree en Elsa aun cuando ella no cree en sí misma y eso va más allá de las palabras.

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La maldición que Elsa pone en el corazón de Anna puso las bases para que se gestara el momento más Disney de la película: sólo un acto de verdadero amor es capaz de descongelar un corazón. Alguien sugiere que un beso, esperando que Kristoff tomara la iniciativa. Y la tomó, ciertamente, aunque no de esa manera. Creyendo que hacía lo correcto, Kristoff devolvió a Anna al castillo, para que fuera salvada por quien, se suponía, era su amor verdadero. Pero Hans realmente no amaba a Anna. Así, al borde de la muerte —retrasada por el oportuno Olaf—, Anna reconoció que realmente no sabía nada del amor.

Este es un punto en el que sólo estoy parcialmente de acuerdo. Anna sabe mucho sobre amor. Como dije antes, Anna es la primera en confiar en su hermana, la primera en lanzarse a su encuentro aun en medio de la tormenta, la primera en perdonarla y la primera en tenerle fe. Anna sabe amar y por ello es que está más expuesta a ser traicionada y herida.

Quizá sea cuestión de enfoques, pero los puntos positivos que yo veo en Anna son, casi exactamente, los puntos negativos que le señala el artículo que mencioné al principio de este texto:

(Anna) no es inteligente, sin importar cuántas palabras pueda escupir por minuto. Si lo fuera, no se apresuraría a comprometerse con Hans ni a dejar a un hombre a quien apenas ha conocido a cargo del su reino, en tanto ella cabalga hacia la nieve sin un abrigo. Es, ciertamente, egocéntrica, haciendo que la coronación de Elsa gire en torno a ella en la primera oportunidad; y también banal, creyendo sin reservas en su capacidad para hacer entrar en razón a Elsa pese a no haber tenido ninguna relación con su hermana en, por lo menos, diez años. No es consciente de sus alrededores (cabalga hacia la nieve sin abrigo), no conoce sus propias limitaciones (el momento en que trata de escalar la montaña) y no reconoce las consecuencias de sus actos (provocando a Elsa no una, sino dos veces). Es franca, sí, pero también grosera; es condescendiente en torno a Kristoff y beligerante en torno a su hermana y no tiene más ambición que la de encontrar su amor verdadero.

La principal inquietud de la autora es que se confunda a las hermanas como modelos feministas. Desde su punto de vista, Elsa no tiene más objetivo que el de aislarse, presa del terror que siente de sí misma. Anna, por otra parte, sólo busca el amor. Independientemente de las ramificaciones que se desprenden de ambas disposiciones iniciales (sin las que, por cierto, no habría historia que contar), lo que a la autora más parece molestar es que estas chicas tengan objetivos y tomen decisiones que no coinciden con sus modelos ideales. Eso la lleva a ignorar, por ejemplo, que si bien Anna se equivoca una y otra vez toda la película, lo que motiva la mayoría de sus acciones es su sentido de responsabilidad.

En suma, la historia de Frozen no es muy difícil de desentrañar: se trata de contrastar el amor contra el miedo. La moralidad implícita (que Colman señala muy bien) es que el miedo es malo y el amor es bueno. Esta postura, desde luego, priva a ambas experiencias muchas de sus complejidades (por ejemplo, que el miedo es, en primera instancia, un instrumento de autopreservación y que el amor, por otro lado, es capaz de abrir la puerta al abuso). Sin embargo, insisto en lo siguiente: Anna toma por sí misma todas sus decisiones, asume sus consecuencias y les busca remedio. En todo el proceso comete errores, pero éstos no la detienen. Quizá no sea la heroína que merecemos, pero bien podría ser la que necesitamos en este momento.

[1] Hans tiene gran timing: es, prácticamente, el primer hombre con el que Anna se topa en su pequeño paseo antes de la ceremonia y quien la consuela después de su primera desavenencia con Elsa.

[2] Olaf, el muñeco de nieve, es la única cosa ‘imperfecta’ que crea en ese momento, pero también la única viva. Símbolo de su amistad con Anna, Olaf es uno de los puentes que volverán a unirlas.