Apuntes sobre la Empatía I: Conociendo al enemigo

A lonely girl looking out of a high-rise flat.

El principal antagonista de la empatía es el narcisismo. Si la primera aspira a poder ‘ponerse (imaginariamente) en el lugar de otro’ y experimentar lo que vive como si se tratara de la propia piel, el otro tiende a expandirse como un cáncer y a abarcarlo todo como si se tratara de una extensión del propio yo. Algo parecido a lo que el personaje de Ego (el nombre no es nada accidental) intentó lograr en la más reciente entrega de Guardians of the Galaxy, pero a un nivel más bien simbólico y mucho más terrenal.

La lógica que atraviesa ambas posiciones es la de la identidad: eso que nos permite reconocer tanto los límites como los puentes que hay entre uno y los demás. Naturalmente, dichas posiciones influyen de manera importante en nuestra relación y forma de interpretar el mundo. El predominantemente narcisista, por ejemplo, al asumir que todo lo que le rodea se trata de sí mismo, tenderá a interpretar lo que ocurra a su alrededor en esa clave y, por lo tanto, a malentender las intenciones y los sentimientos de los demás. En nuestro medio hay muchos ejemplos: acosadores que están pendientes hasta de la más ínfima reacción del otro, buscando los mensajes secretos que seguramente les están dirigidos; padres y madres que esperan que sus hijos tomen las decisiones que ellos mismos tomarían de estar en su lugar, sin la menor consideración de las circunstancias o deseos; gente que, en general, confunde raciocinio con su propia clave particular de valoración y juicio y se queda estupefacto cuando las cosas toman rumbos diferentes.

Se llenará la boca de discursos sobre la libertad, demasiado pendiente de que se respeten sus derechos y los de aquellos con quienes coincida en algo, pero le costará entender por qué los derechos de otros son importantes también. Esgrimirá la razón como un arma y creerá que la violencia que de ella resulte es, a diferencia de todas las otras violencias, justa.

Pero también, a causa de eso mismo, estará muy solo. Y no entenderá por qué. Quizá ni siquiera entenderá que eso que siente y que está acostumbrado a llamar güeva o aburrimiento, es, en realidad, una soledad recalcitrante. No importa si está rodeado de familia, lleno de hijos y nietos o de una pareja que le mime y prepare cosas ricas de comer. No importa si a su alrededor hay colegas que comparten sus intereses y objetivos, Nada de eso bastará ni le hará sentir de verdad acompañado. Todos le serán siempre extraños.

La nuestra es una época que privilegia al narcisismo de muchas maneras. Nos invita a vivir el momento, procurándonos siempre placer en lo que hacemos e instándonos a rodearnos sólo de gente que siempre nos hace sentir bien o que, si nos reta, nunca lo haga a niveles que no podamos manejar. Nos convence de desechar —como si de objetos se tratase— a las personas de nuestra vida que han dejado de tener un propósito inmediato en ella, recordándonos con insistencia que en este mundo somos los bastantes como para siempre encontrarnos reemplazos. Incluso nos provee los argumentos: nos enseñó que hay personas ‘tóxicas’, cuyo único fin en la vida parece ser atormentar a otros, pero olvida, quizá adrede, mostrarnos los métodos para medir la toxicidad y, por eso, vamos por la vida tomando a otros como pañuelos con los que limpiarnos la nariz. Los tóxicos, claro, nunca somos nosotros.

Pero quizá el más grande engaño consiste en hacernos creer que tenemos razón, que estamos en el bando correcto. Que, en tanto formemos parte del bando correcto, las diferencias que haya al interior son tolerables y muestra clara de la diversidad que vivimos. Fuera del gremio de aquellos que son como yo (y, por lo tanto, son yo) lo que hay es, necesariamente, cerrazón, estupidez, toxicidad. Y que lo mejor es cerrarle la puerta en la cara a todo eso; no sea que nos contamine.

Tener razón, estar en lo correcto; nada de eso nos exime de adoptar la posición del narcisista; al contrario, contribuye a sustentarla. ¿Por qué hemos de intentar comprender al necio o al estúpido? ¿Para qué perder el tiempo con ello, cuando podemos sentarnos a discutir nuestras diferencias con quienes nos son más semejantes y así lograr mayor unidad?

El problema es que un narcisismo bien alimentado y regordete será cada vez menos proclive a aceptar las diferencias. Los puentes de la identidad colapsan y la piel se endurece. Entonces llega la soledad y el sufrimiento que de ella nace. Clamará por contacto y sólo el eco le devolverá el llamado. Pero tendrá razón.

Una época como la nuestra alimenta esas soledades, más o menos como Aldous Huxley imaginó que lo haría: llenándonos de placeres solitarios, de pastillas para olvidar los malestares, de posturas ideológicas que consentirán a nuestro intelecto; alertándonos de la constante violencia que podemos sufrir si nos alejamos de los ambientes seguros, libres de salvajes, que hemos perfeccionado gracias a la ciencia y la tecnología.

Pero los salvajes existen y están al alcance; sólo hay que mirarse al espejo. Paradójicamente, creo que el primer paso para la empatía está justo ahí, en la disposición para escuchar a ese otro que soy yo mismo; a ese que llora en las noches porque se sabe solo y que acallo con lo que puedo.

De qué hablo cuando hablo de psicoterapia (psicoanalítica)

Cuando alguien se entera a qué me dedico, es común que su siguiente pregunta sea cuál es mi afiliación teórica. Es decir, si me considero un seguidor de Freud o de Lacan o de cualquier otro que ande en el imaginario de quien pregunta.

6af7fdfae164f7ecffa8161888a720beNo es que no pueda ser una pregunta pertinente, pero a mí, en general, cada vez me parece que tiene menos sentido. “¡Ah, entonces eres ecléctico!”, me han llegado a decir. Y no, tampoco. Quizá sea prejuicio mío, pero todos los que he conocido que se identifican con esa postura me han parecido más bien perezosos; gente que no sólo no conoce a fondo ninguna corriente teórica, sino que tampoco hace ejercicios críticos sobre lo que ‘sabe’. Es decir, gente que se limita a dar palos de ciego.

Pero llegado el momento, creo que sí me identifico más con Freud. Coincido en general con su idea de que la represión es un mecanismo al mismo tiempo civilizador y neurotizador; encuentro útil su noción triadica de Ello/SuperYo/Yo, siempre que se entiendan más como instancias funcionales que como regiones de la mente; estoy de acuerdo con que nuestra conducta sexual (en sentido amplio) esconde rasgos de nuestro aprendizaje relacional más fundamental; y que algún impulso interno tiene tal sed de destrucción que a veces nos hace olvidar que no somos inmortales.

A los psicoanalistas de distintos bandos los distingue el lenguaje que usan. No son iguales quienes hablan de complejos edípicos que quienes se esmeran en sintetizar significados y significantes o identificaciones proyectivas. No es que unos tengan más razón que otros: cada uno ha aprendido a enfocar una misma realidad con un lente diferente. Pero, ¿es eso válido?

A simple vista, se diría que no. Un método que esté tan sujeto al instrumento de observación que se emplee (es decir, el aparato teórico de cada analista) no puede ser muy confiable en primer lugar, pues no habría certezas de que el problema esté siendo realmente atendido. Si el problema es, digamos, que estoy pasando por un periodo depresivo que me hace difícil concentrarme en mi trabajo, ¿de qué podría servirme identificar las carencias afectivas que traigo arrastrando conmigo desde que mi madre decidió ignorar mis tristezas en favor de las ansiedades de mi padre?

Los psicoanalistas creemos que entre una cosa y otra existe una relación (o muchas) y que ir poniendo los eslabones que faltan en la historia es una actividad salutífera. No son pocos los analistas que reportan cambios significativos en la salud mental de sus pacientes que, de un modo u otro, han logrado unir los eslabones y configurar una teoría personal que les explique por qué en ciertas circunstancias se sienten de tal manera y por qué ante cierto tipo de personas reaccionan de tal otra. Hallar esos eslabones es nuestra misión.

Pero es un trabajo que, lo sabemos, toma bastante tiempo. A veces hay cosas más urgentes por resolver. Es ahí donde un psicoanalista interviene de manera distinta: la misión arqueológica se deja en standby para colaborar en diseñar estrategias que ayuden a enfrentar el mundo real. En ese proceso, algún eslabón perdido puede llegar a ser encontrado, pero sigue siendo un logro secundario; lo urgente se impone y ha de encontrar medios para diluirse. A veces, sí, con la ayuda de medicamentos.

Sin embargo, nunca olvidamos que nuestra tarea fundamental es otra. Cuando una persona le ha tomado gusto a descubrirse, comienza un proceso creativo de reconstrucción que, muchas veces, ilumina aspectos de su personalidad que habían permanecido a la sombra y que resultan útiles en la búsqueda de alternativas para la vida. Escuchamos atentamente, pues lo inconsciente no sólo se esconde en los sueños o los Freudian slips, sino también (y quizá principalmente) en la lógica interna del proceso de asociar ideas; en los detalles más minúsculos del relato cotidiano y en las cosas que se repiten con persistencia.

Sí, tomamos la ruta larga, el camino panorámico. Nos tomamos el tiempo de hacerlo. Hay cosas por las que, creo, vale la pena hacerlo.

No somos inmortales, pero somos eternos

En su ensayo sobre la guerra y la muerte, Freud expuso la idea de que, inconscientemente, nos sabemos inmortales. Para él, la propia muerte es esencialmente impensable. No es que no podamos entenderla racionalmente; desde que atestiguamos la muerte de otros, sin importar el cuento mágico con que se nos consuele, sabemos que el vacío que deja la muerte es uno que no vuelve a ser ocupado de ninguna manera; pero, para nosotros, la propia muerte sigue siendo una experiencia inimaginable.

Lo inconsciente es un ámbito que no conoce tiempo o espacio. Si no podemos representarnos la experiencia de morir, tampoco podemos imaginar cabalmente un mundo anterior o posterior a nosotros. Si lo hacemos, nuestro papel es parecido al de los fantasmas: una forma de existencia que persiste, aunque no sea vista u oída, pero que continúa siendo espectador de todo cuanto acontece. Lo inconsciente, irrepresentable, no conoce tiempo o espacio y la muerte tampoco.

Quizá lo mismo ocurra con otras formas de duelo. Cuando una relación acaba, el otro sigue existiendo en nuestro interior como objeto representado; revivido constantemente bajo la forma de sentimientos, sensaciones y recuerdos. Las canciones, los lugares, las películas; cualquier cosa que pueda conservar el vínculo activo permite que el objeto representado continúe existiendo con todas las características que ha tenido siempre, cuando menos en lo que a nosotros concierne.

Por eso, visto desde el otro lado, dejar el lugar que ocupábamos en la vida de alguien también es impensable. Así como no podemos imaginar nuestra muerte sin ser, cuando menos, sus espectadores, tampoco podemos representar nuestra ausencia. Esa es la razón por la que duele tanto darnos cuenta de que nuestro lugar ha sido ocupado por otra cosa; como cuando se visita la casa de los padres sólo para encontrar la habitación que sentimos propia, transformada en bodega. Es la demostración de que la vida no se detiene ni siquiera en nuestra ausencia, que los objetos no quedan en pausa cuando dejamos de mirarlos y que las personas para quienes algo hemos significado pueden, de hecho, encontrarnos reemplazos. En lo inconsciente, las cosas se quedan tal como las dejamos y descubrir que no ha sido así constituye un choque con la realidad. Es verdad: la vida sigue.

¿Recuerdan esa escena de El Rey León en la que Simba se reencuentra con su padre? Para el joven león la vida había cambiado mucho desde la tragedia en el cañón. Vivía en otro lugar, había hecho nuevos amigos y creyó de verdad que había dejado todo atrás (¡hasta su preciada dieta carnívora!). Pero Mufasa siguió viviendo en él, que es una manera de decir que los afectos siguieron intactos y las experiencias compartidas nunca se borraron. Mufasa seguía siendo representable aun después de muerto y eso es un efecto de la eternidad con la que lo inconsciente opera.

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La vida sigue, es verdad, pero en lo inconsciente las cosas perduran eternamente, bajo otra forma. Si nos buscamos en los demás, seguramente nos encontraremos; del mismo modo que encontramos a los otros en nuestro interior. Esto es una verdadera ventaja: estamos a tiempo de ofrecernos disculpas y aprender las lecciones del pasado. Estamos a tiempo de volver a los lugares del pasado y construir nuevas realidades. Estamos a tiempo de caminar hacia el futuro llevando con nosotros los tesoros de nuestra experiencia. Como cuando Antoine de Saint-Exupéry dedicó El Principito a su mejor amigo, cuando era niño: le habló al niño que aún vivía en el corazón del adulto y, con eso, todos los niños que nosotros aún somos nos sentimos identificados.

Sólo cuando hayamos muerto de verdad y haya sido olvidado todo vestigio de nuestra existencia, nada de esto importará más. Pero hasta entonces, somos eternos.

El mejor invento del diablo es convencer al mundo de que todos somos diabólicos

No fui precavido y no tuve más remedio que formarme en la fila de la taquilla. Eran las ocho de la noche y mucha gente esperaba su turno para recargar sus tarjetas o comprar sus boletos para abordar el Metro. La taquilla tenía tres ventanillas, pero sólo una estaba abierta. Las otras dos tenían un aviso con letras grandes que parecía estar ahí desde siempre: “Sin servicio. Gracias por su comprensión”.

El resto del viaje noté muchas cosas que requerían de esa comprensión nunca solicitada, pero de antemano agradecida: la escalera eléctrica no servía, los trenes pasaban con una frecuencia lastimosa, algunos pasillos apestaban a orines y basura, etcétera. Pensé en la profunda agresión pasiva que hay detrás del gracias por su comprensión. ¿Y qué si no me da la gana comprender que hacen tres ventanillas para que salgan en los periódicos el día de la inauguración, pero realmente sólo piensan abrir una? ¿Y qué si no me siento con ánimos de comprender que la gente a veces ha bebido de más y se le hace fácil orinar en un pasillo donde diario transitan miles de personas? ¿Y qué si no se me antoja comprender que la escalera eléctrica no sirva dejando a todos los que no tienen otra que andar con muletas subiendo los peldaños a brinquitos? ¿Es que nadie toma en serio esas cosas?

“No es que esté de acuerdo, pero así es la realidad”, me dicen algunos. Todos sabemos que cuando La Realidad se impone no hay nada que hacer, que las cosas que pertenecen a ese ámbito son inevitables como la muerte. Pero yo discrepo. Creo que lo que ocurre en el fondo de todas esas cosas tiene poco que ver con lo inevitable y mucho más con una ubicua inmadurez que, a falta de una mejor palabra, llamaré “no tomarse en serio”.

En mi diccionario, tomar en serio algo consiste en aceptarlo como una realidad. Es lo que hago siempre que reseño algún anime o película: acepto sus premisas y las exploro como si se tratara de realidades concretas, lo que a veces da lugar a reflexiones interesantes. En el ejemplo que me ocupa, tomar en serio al Metro consiste en reconocerlo como lo que es: un sistema de transporte urbano cuya misión es facilitar la movilidad. Para eso están los trenes, pero también las escaleras eléctricas que, si bien las usamos todos, son mucho más necesarias para quienes tienen dificultades para caminar o sostenerse en pie y eso también es movilidad.

Hace unos años enseñé psicología en uno de esos ‘Programas Ejecutivos’. La idea de éstos es “ofrecer educación superior” a quien no tiene tiempo —o no lo tuvo— de estudiar una licenciatura en sistema escolarizado. Sin embargo, pocos lo tomaban en serio; para la mayoría era un mero trámite para obtener un título. No les interesaba aprender ni siquiera los rudimentos de la disciplina en la que planeaban licenciarse; lo que querían es un grado académico que pudieran presumir. Poseerlos, desde luego, ya no significa que uno sepa algo sobre lo que se supone que sabe y de ahí se sigue que a los grados académicos ya nadie los toma en serio; se convirtieron en un trámite más.

En nuestra cultura los trámites tienen su propia lógica: rara vez son un proceso en el que uno expone lo que desea y demuestra que cumple los requisitos para conseguirlo; a lo sumo son la prueba de que uno es lo bastante aguantador como para transitar numerosos graciasporsucomprensión. Y, pensándolo bien, quizá esa sea la única cualidad que realmente se busca: la de que podemos aceptar cualquier irracionalidad y entenderla como parte de La Realidad.

No estoy de acuerdo con quienes afirman que la nuestra es una cultura de la corrupción: sólo en la definición más básica puede compararse la mordida al policía de tránsito con la fundación de una empresa fantasma. No parten siquiera de la misma motivación. No somos corruptos porque queramos sacar provecho: lo somos porque a veces no hay otra alternativa y la repetición de situaciones que nos orillan a ello acaban por naturalizar esa conducta. Es mentira que el que no tranza no avanza. Nadie se hace rico dándole pa’l chesco al de la ventanilla, pero a veces sólo así logra ampliar un poquito su margen de acción. El mejor invento del diablo es convencer al mundo de que todos somos diabólicos.

Propongo que tomemos las cosas más en serio. Que nuestros maestros enseñen, nuestros alumnos estudien, nuestros vándalos destrocen cosas y nuestros policías los arresten por hacerlo. Que nuestros medios de transporte público hagan su mejor esfuerzo para llevarnos de un lugar a otro y nuestros gobiernos para gobernarnos. Basta de simulaciones. La nuestra es una cultura de la supervivencia y hágale como quiera, pero no tiene por qué seguir siendo así.

Gracias por su comprensión.

La culpa es del neoliberalismo

Cada vez son más las voces que lo señalan: la ideología que subyace en el fondo de nuestro sistema económico es la fuente de todos nuestros males. A ella debemos la siempre acechante crisis económica, el cada vez más acelerado calentamiento global, las más recientes guerras y, para George Monbiot, también es la fuente última de nuestra generalizada crisis de salud mental.

El neoliberalismo es una ideología que valora al individuo muy por encima de la comunidad: insiste en que seamos dueños de nosotros mismos, que persigamos nuestros sueños y metas sin importar qué (o quién) se nos ponga en frente. Expresiones de la psicología popular como aquella de que ‘el Universo conspira a tu favor‘ o ‘el Poder del Pensamiento Positivo‘ contribuyen a esta ideología dando a entender a sus numerosos seguidores que sus deseos pueden estar por encima de los de otros y que eso está bien.

El mito que fundamenta al menos una parte de este sistema es el siguiente: si tú te levantas temprano todos los días y trabajas muy duro, aunque seas pobre puedes llegar a ser rico. Con el tiempo podrás comprar tu propia casa, que luego será patrimonio de tus hijos, y gozarás de un retiro cómodo que será tu recompensa final. Mi madre solía decir que nuestra única obligación (de mi hermano y mía) era estudiar porque ahí estaba la vacuna para todas las frustraciones. La opinión más extendida era que uno no era nadie si no podía ser llamado licenciado sin sentir vergüenza y que ése solo título traía consigo honor y gloria a quien lo ostentase. Obtener esos títulos, desde luego, se sigue considerando como una especie de proeza que, como la de todo héroe, se hace en solitario; sudando sangre y bebiendo lágrimas.

La realidad, no obstante, cada vez nos muestra que las cosas no funcionan así. Se dice que la nuestra es la generación mejor educada de la historia y la peor pagada. Y si eso no bastara, la competencia es cada vez más dura: los continuos avances tecnológicos hacen obsoletas muchas de las cosas que hacíamos a un ritmo nunca antes visto y las generaciones que nos siguen siempre estarán a la vanguardia. Cada vez somos menos los que deseamos procrear y aunque nos decimos que es porque no queremos lanzar a un mundo tan hostil a criaturas tan indefensas, quizá sea un inconsciente mecanismo de defensa: así reducimos a la competencia.

Nuestros sueños cambian. Aunque poder jactarse de tener un espacio propio sigue siendo una de nuestras metas, en la realidad nos bastamos con poder alquilar una habitación en una bonita zona de la ciudad, rogando que nuestros roomies no sean tan indolentes. Convivimos por obligación. No hay libertad para los introvertidos: quien no hace relaciones públicas no vende. Exitoso es el que no tiene que salir los viernes para andar de quedabién; es el que puede elegir ponerse la pijama a las 7 y quedarse dormido viendo Netflix. Feliz no es el que se sienta satisfecho con la vida que lleva sino el que pueda pagarse los antidepresivos, los ansiolíticos, el psicoanalista, las clases de yoga y de meditación sin que se le descomponga el presupuesto. Quizá por eso es que el sueño del millennial no es poseer un terruño sino costearse un viaje de búsqueda espiritual a los Himalayas.

Sólo eso tendría que hacernos reconsiderar nuestra ideología, pero el mito se transformó en otra cosa todavía más extraña: la de que uno mismo bloquea su capacidad para la riqueza. Y somos tan narcisistas que de verdad llegamos a creerlo.

Los datos, sin embargo, muestran una realidad muy difrente: la riqueza por la que nosotros y las generaciones que nos precedieron trabajamos tan duro está en manos de muy poquita gente. Curiosamente, alguna de esa gente cree también en el mito: no hace mucho Donald Trump atribuyó su éxito económico a su astucia, como si sólo eso lo hubiese colocado en el lugar en el que está y no a pertenecer a la clase privilegiada desde su nacimiento.

En cuanto a mí, no sé qué podamos hacer para cambiar este sistema. Sólo se me ocurre que ir abandonando estas mentiras que tanto tiempo llevamos creyendo es un buen primer paso.

Para saber más:

Requiem for the American Dream [YouTube]

I’m in the business of listening

Es fantástico lo que puede ocurrir cuando das a alguien un espacio para expresarse.

No es secreto para nadie que lo que a mí me gusta es conocer historias. Quizá por eso estoy en el negocio del psicoanálisis: se puede decir lo que sea de esa teoría —y su consecuente práctica—, pero es la que más ha enfatizado el hecho simple de que lo que a veces hace falta es alguien que esté ahí, dispuesto a renunciar un poco a sí mismo para dar a otro el espacio para mostrarse y contar su historia. A eso se refería Freud cuando dijo que el psicoanálisis es una cura a través del amor. Escuchar con atención es olvidarse un poquito de sí.

En ese olvido no hay ningún sacrificio. Es fantástico lo que puede ocurrir cuando das a alguien un espacio para expresarse. La vida diaria y sus constantes demandas nos ponen a todos en situación semejante a la de una planta en maceta: bella, sí, pero reducida a un pequeño territorio. El espacio terapéutico es uno en el que lo que se busca es un florecimiento que trascienda esos límites. Un lugar en el que es posible estirar un poco las ramas y reconocer las espinas y el alcance de los pétalos. Un ámbito en el que podamos embriagarnos de nuestro aroma y, como la rosa del Principito, enamorarnos un poquito de lo que vemos en el espejo y saber que somos únicos en el universo; pero no porque nos distinga un código genético o una circunstancia dada, sino porque somos nosotros y nadie más.

 En el negocio de la escucha aprendemos todos. Yo aprendo a reconocer lo que de humano hay en todo lo que hacemos, a entender antes que juzgar, a no aceptar las verdades como absolutas y a ver la vida como algo que ocurre todos los días. El otro aprende a escuchar su voz, a interpretar su dolor, a encontrarse en el bosque de la confusión, a reconocer la verdad que se esconde detrás de sus mentiras y a ver la vida como algo que ocurre todos los días. Aprendemos, pues, que no sólo el Diablo se esconde en los recovecos, sino también Dios.

Lo que no podemos perdonar: Mexicanos al grito de ¡gorda!

Estoy tratando de entender qué es lo que hay detrás del hecho de que cientos de mexicanos critiquen a una gimnasta mexicana por ‘ser gorda’. Los datos duros no los apoyan: la señalada pesa 45 kilogramos y mide 150 centímetros de estatura.

Como suele ocurrir en Internet, a las críticas siguieron —casi inmediatamente— las defensas. Una de las más llamativas vino de Uriel Adriano, mexicano, dos veces campeón mundial en Tae Kwon Do:

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Es obvio que su defensa es visceral, fundamentada en un compañerismo que no es difícil esperar entre miembros de un mismo gremio. No sobra decir que este gremio —el de los deportistas— sólo está sometido a este nivel de exposición lo que dura la temporada olímpica y el resto del ciclo permanece oculto en un rincón de la consciencia pública. Tampoco está de más recordar que al presupuesto que cada año se destina a sustentar la preparación de esos mismos atletas le ocurre más o menos lo mismo, con el agravante de que ponerse a revisar números es una cosa mucho más ardua que sentarse a mirar la televisión y que, encima, se trata de una actividad que pocos hacemos aun tratándose de lo propio.

Con esto no quiero decir que los atletas dedican sus mejores esfuerzos a (mal)gastar el dinero que los mexicanos destinamos a la promoción del deporte. Es una posibilidad, desde luego, pero a mí no me consta. Al contrario, a juzgar por sus desempeños, es claro que algún tiempo han dedicado a los entrenamientos y me atrevería a decir que muy probablemente son, de verdad, nuestros mejores exponentes en sus disciplinas.

Tampoco quiero decir que ese dinero se ha invertido con justicia o inteligencia. La experiencia nos muestra que esto no suele ser así: la corrupción abarca amplios niveles de nuestra burocracia y el deporte no ha sido la excepción. Pero algo me dice que esto no se trata sólo de dinero.

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La anterior es una de las muchas respuestas que recibió Uriel Adriano. La elegí porque, creo, es de lo más reveladora: al calificarlos como mediocres asume que los atletas acuden a las justas sin objetivos —al ái se va— y le recuerda que su papel es el de representar al país (entiéndase, a los mexicanos), no a sí mismos. En otras palabras, que si gana es un triunfo para los mexicanos y si pierde, es una derrota personal, producto de su egoísmo y mediocridad.

No se le ocurre pensar que hay una tercera alternativa: que las derrotas también nos representan. No digo esto como una manera indirecta de aseverar que el mexicano es mediocre por naturaleza. Lo que digo es que, al dar a los atletas el rol de proxy, se deposita en ellos la propia vanidad y, por eso, la humillación imaginaria que conlleva la derrota es tan intolerable que no queda otra que rechazarla.

Así es como Alexa Moreno se convierte en ‘la gorda’. No es que objetivamente lo sea, es que se le transfiere esa imagen (con todos los prejuicios que de ella derivan) para que así sea más fácil humillarla como castigo por hacernos pasar vergüenzas.

Extra: ¿recuerdan al Hugo Sánchez que fue bicampeón con Pumas? Siempre dejó en claro que ese éxito era suyo y de su plantel; no permitió que nadie más se apropiara de lo que había ganado en pleno derecho. Privó a tantos de la satisfacción de subirse al tren de los ganadores, que fue tachado de antipático y ególatra. Quizá por eso, cuando fracasó como entrenador de la Selección, hubo tanto regocijo. Eso le pasa por mamón.