Apuntes sobre la Empatía I: Conociendo al enemigo

A lonely girl looking out of a high-rise flat.

El principal antagonista de la empatía es el narcisismo. Si la primera aspira a poder ‘ponerse (imaginariamente) en el lugar de otro’ y experimentar lo que vive como si se tratara de la propia piel, el otro tiende a expandirse como un cáncer y a abarcarlo todo como si se tratara de una extensión del propio yo. Algo parecido a lo que el personaje de Ego (el nombre no es nada accidental) intentó lograr en la más reciente entrega de Guardians of the Galaxy, pero a un nivel más bien simbólico y mucho más terrenal.

La lógica que atraviesa ambas posiciones es la de la identidad: eso que nos permite reconocer tanto los límites como los puentes que hay entre uno y los demás. Naturalmente, dichas posiciones influyen de manera importante en nuestra relación y forma de interpretar el mundo. El predominantemente narcisista, por ejemplo, al asumir que todo lo que le rodea se trata de sí mismo, tenderá a interpretar lo que ocurra a su alrededor en esa clave y, por lo tanto, a malentender las intenciones y los sentimientos de los demás. En nuestro medio hay muchos ejemplos: acosadores que están pendientes hasta de la más ínfima reacción del otro, buscando los mensajes secretos que seguramente les están dirigidos; padres y madres que esperan que sus hijos tomen las decisiones que ellos mismos tomarían de estar en su lugar, sin la menor consideración de las circunstancias o deseos; gente que, en general, confunde raciocinio con su propia clave particular de valoración y juicio y se queda estupefacto cuando las cosas toman rumbos diferentes.

Se llenará la boca de discursos sobre la libertad, demasiado pendiente de que se respeten sus derechos y los de aquellos con quienes coincida en algo, pero le costará entender por qué los derechos de otros son importantes también. Esgrimirá la razón como un arma y creerá que la violencia que de ella resulte es, a diferencia de todas las otras violencias, justa.

Pero también, a causa de eso mismo, estará muy solo. Y no entenderá por qué. Quizá ni siquiera entenderá que eso que siente y que está acostumbrado a llamar güeva o aburrimiento, es, en realidad, una soledad recalcitrante. No importa si está rodeado de familia, lleno de hijos y nietos o de una pareja que le mime y prepare cosas ricas de comer. No importa si a su alrededor hay colegas que comparten sus intereses y objetivos, Nada de eso bastará ni le hará sentir de verdad acompañado. Todos le serán siempre extraños.

La nuestra es una época que privilegia al narcisismo de muchas maneras. Nos invita a vivir el momento, procurándonos siempre placer en lo que hacemos e instándonos a rodearnos sólo de gente que siempre nos hace sentir bien o que, si nos reta, nunca lo haga a niveles que no podamos manejar. Nos convence de desechar —como si de objetos se tratase— a las personas de nuestra vida que han dejado de tener un propósito inmediato en ella, recordándonos con insistencia que en este mundo somos los bastantes como para siempre encontrarnos reemplazos. Incluso nos provee los argumentos: nos enseñó que hay personas ‘tóxicas’, cuyo único fin en la vida parece ser atormentar a otros, pero olvida, quizá adrede, mostrarnos los métodos para medir la toxicidad y, por eso, vamos por la vida tomando a otros como pañuelos con los que limpiarnos la nariz. Los tóxicos, claro, nunca somos nosotros.

Pero quizá el más grande engaño consiste en hacernos creer que tenemos razón, que estamos en el bando correcto. Que, en tanto formemos parte del bando correcto, las diferencias que haya al interior son tolerables y muestra clara de la diversidad que vivimos. Fuera del gremio de aquellos que son como yo (y, por lo tanto, son yo) lo que hay es, necesariamente, cerrazón, estupidez, toxicidad. Y que lo mejor es cerrarle la puerta en la cara a todo eso; no sea que nos contamine.

Tener razón, estar en lo correcto; nada de eso nos exime de adoptar la posición del narcisista; al contrario, contribuye a sustentarla. ¿Por qué hemos de intentar comprender al necio o al estúpido? ¿Para qué perder el tiempo con ello, cuando podemos sentarnos a discutir nuestras diferencias con quienes nos son más semejantes y así lograr mayor unidad?

El problema es que un narcisismo bien alimentado y regordete será cada vez menos proclive a aceptar las diferencias. Los puentes de la identidad colapsan y la piel se endurece. Entonces llega la soledad y el sufrimiento que de ella nace. Clamará por contacto y sólo el eco le devolverá el llamado. Pero tendrá razón.

Una época como la nuestra alimenta esas soledades, más o menos como Aldous Huxley imaginó que lo haría: llenándonos de placeres solitarios, de pastillas para olvidar los malestares, de posturas ideológicas que consentirán a nuestro intelecto; alertándonos de la constante violencia que podemos sufrir si nos alejamos de los ambientes seguros, libres de salvajes, que hemos perfeccionado gracias a la ciencia y la tecnología.

Pero los salvajes existen y están al alcance; sólo hay que mirarse al espejo. Paradójicamente, creo que el primer paso para la empatía está justo ahí, en la disposición para escuchar a ese otro que soy yo mismo; a ese que llora en las noches porque se sabe solo y que acallo con lo que puedo.

La resurrección de los cangrejos: apuntes sobre la mexicanidad en el extranjero

cangrejos

Por razones que no vienen a cuento, he estado pensando en los límites de la identidad. Y es que uno es muchas cosas al mismo tiempo y no siempre es fácil distinguir el lugar en el que se trazan los límites. La anécdota que estoy por relatar es, quizá, uno de esos ejemplos en los que esos límites de los que hablo son tan claramente visibles que no es posible abstraerse de su manifestación. Me refiero a ‘ser mexicano’.

Como recordarán, estoy en Japón. No ha sido mucho tiempo, pero estar lejos de mi puesto de tamales de los domingos, las contingencias ambientales, las manifestaciones en Reforma y mi local de quesadillas y gorditas de chicharrón favorito me convierte en presa fácil de casi cualquier cosa que prometa un vínculo con mi hogar. Con esto en mente, cierto día de mayo salí de mi ciudad para ir a Tokio. La ocasión era un festival en el que, entre otras cosas, habría comida mexicana y, en la noche, un mini concierto de Moderatto, completamente gratis.

Ya en el lugar, era inevitable que nos encontráramos con otra gente conocida y fue momento de ponerse al día. Uno de ellos nos contó que hizo su celebración de cumpleaños en un restaurante de comida mexicana. Fue un poco caro, confesó, Como todos sabemos, conseguir comida que se parezca lo bastante a la mexicana no es cosa fácil acá.

Estábamos en eso cuando se acercó una señora. Era la primera vez que yo la veía, pero, al parecer, es bastante conocida entre los mexicanos expatriados. Tiene cerca de treinta años viviendo en Japón y aparentemente está casada con un japonés, pero no parece hablar el idioma. Es propietaria de un restaurante de comida mexicana. Venía preparada para aprovechar la ocasión de impulsar su negocio; nos repartió algunos volantes de su local e incluso ofreció darnos algún descuento que no especificó. No sé de qué parte de México proviene, pero su acento me indica que de algún lugar del norte.

Como para abrir conversación, el chico le relató nuevamente lo de su cumpleaños: “¡Ay, de haber sabido!”, se lamentó él, quién sabe con qué grado de sinceridad. “No, no te preocupes”, lo consoló ella, “yo conozco bien al dueño de ese restaurante, nos llevamos así, de piquete de ombligo”. A esto siguió un discurso que he oído muchas veces, en otros contextos: “los mexicanos no debemos competir entre nosotros, sino apoyarnos todos porque, desde luego, estamos en una tierra muy lejana y qué mejor familia que nosotros, que compartimos raíces”. Todos asentimos, pero dudo mucho que hayamos estado de acuerdo.

Lo que siguió, sin embargo, fue revelador; ella volvió al tema del restaurante en el que el chico aquel celebró su cumpleaños. Le preguntó que qué tal había estado. “Un poco caro”, dijo él, “pero creo que el lugar tiene buena calidad”. “No es por hablar mal de nadie, ¿eh?”, dijo ella. “Pero si tú me hablas de calidad, ése restaurante no tiene mucha calidad”. Entonces explicó que el restaurante famoso no era, realmente, muy higiénico. “Cualquier día tú te metes en mi cocina y no ves nada sucio, todo bien ordenadito. Ahí está muy sucio. Pero claro, es que sus cocineros no saben, no son mexicanos, este muchacho metió a muchos peruanos”. Hasta ese momento yo ignoraba que los mexicanos teníamos fama de pulcritud, siempre que se nos comparara con peruanos.

Para entonces, el recién cumpleañero ya se sentía un poco ofendido: la mujer no sólo estaba criticando su selección de lugar para su festejo, sino que encima le hacía ver que había sido estafado por unos peruanos imitadores y, además, cochinos.

Por mi parte, debo confesar que estaba disfrutando mucho la escena. Aunque tengo la intención de visitar su restaurante algún día, la señora me cayó mal. Mejor dicho, en México me habría caído mal. La suya era una estrategia de mercadeo que, por un momento, revivió en mi mente a los proverbiales cangrejos de Hugo Sánchez. Creo que ninguno de nosotros es ajeno a ese doble discurso: entre mexicanos debemos apoyarnos, pero el que no tranza no avanza; unidos somos más, pero que chingue a su madre el América; ¡vamos, México!, pero si se va a hacer la voluntad de Dios, que sea en las mulas de mi compadre; etcétera. Así, pues, la señora en cuestión estaba escenificando uno de los rasgos más mexicanos que se me pueden ocurrir (pese a que quizá no nos sea exclusivo) y todo en cosa de unos minutos. Como si tres décadas en Japón le hubiesen hecho lo que el viento a Juárez.

Lo que finalmente me llevó a pensar esto: ante el constante riesgo de ser absorbida por una sociedad que no es la suya, no es impensable que una persona opte, inconscientemente, por endurecer los rasgos de su personalidad que se trajo en la maleta. No es que yo esté de acuerdo, pero así, por lo menos, puede tener constancia de que ella sigue siendo ella misma y sigue viniendo de donde viene. Estoy especulando, desde luego. No obstante, creo que, si ustedes hubiesen visto lo prístino de su mexicanidad, estarían de acuerdo conmigo.

[La imagen que decora esta entrada la robé (cómo no), del blog de Olga Padilla. No la conozco, pero espero que no le moleste el atrevimiento.]